miserables. Hubo noches en las que soñaba con la salsa resbalando por mi cara y despertaba sin aire. Hubo mañanas en que el simple acto de servirme agua sola me parecía un milagro doméstico.
Nora y yo seguimos hablando. Nunca nos hicimos amigas íntimas, pero nos dimos algo quizá más valioso: una confirmación. No estábamos locas. No habíamos exagerado. No habíamos inventado señales donde no las había.
Un año después del cumpleaños, regresé a la entrada de la casa que había sido de mi padre y que por fin volvió a sentirse mía. Ya no estaban el asador de Tomás ni sus cajas de herramientas ni la bocina que llenaba todo de ruido. Había macetas nuevas, una banca de hierro y un rosal que mi vecina Mara me ayudó a plantar.
Caminé despacio desde la puerta hasta la banqueta. Sin bastón. No perfecto. No rápido. Pero sola.
El sol de la tarde cayó sobre el adoquín donde había creído que mi historia terminaba.
No terminó ahí.
Esa noche herví agua en una tetera nueva. Elegí yo misma las hojas de menta. Serví la infusión en una taza verde comprada por mí, lavada por mí, sostenida por mis propias manos. Me quedé un momento viendo el vapor subir y desaparecer.
No sabía a metal.
Sabía a algo que me habían querido quitar y no pudieron.
Sabía a vida.