contó que, después de que se me llevaron, vio a Tomás sacar un frasco del mueble de la terraza y meterlo en la bolsa lateral de su camioneta. Más tarde, cuando Elvira empezó a gritar que todos estaban exagerando, Iván sintió que algo estaba mal de una forma que ya no podía ignorar. Le avisó a un oficial y señaló la camioneta. Eso ayudó a recuperar el frasco antes de que desapareciera.
También me mostró un video corto que había grabado en la fiesta, al principio, cuando todavía quería enseñarle a otro compañero el costillar y el ambiente. En el fondo del audio se escuchaba a Tomás, riéndose, decir: Si hoy sale con su numerito, déjenla. Luego se compone sola.
Esa frase se volvió una de las piezas más brutales del caso.
Mientras tanto, mi cuerpo estaba lejos de cualquier sensación de justicia. El daño neurológico no desapareció cuando apareció la verdad. Perdí mechones de cabello en la almohada. Aprender a sentarme sola sin caerme me dejaba temblando. La primera vez que intentaron ponerme de pie en rehabilitación lloré de rabia más que de dolor. Había sobrevivido, sí, pero mi vida no iba a regresar en cuanto alguien esposara a Tomás.
Rocha siguió cavando. Y entonces apareció Nora Salcedo.
Yo nunca había oído ese nombre.
Nora había vivido con Tomás seis años antes, en Saltillo. Su hermana mayor la localizó cuando la detective le mostró una foto reciente de él. Nora aceptó hablar después de mucho tiempo de negarse a mencionar siquiera ese periodo de su vida. Tenía la voz rota por una mezcla extraña de vergüenza y furia contenida.
Su historia no era idéntica a la mía, pero tenía el mismo esqueleto.
Primero el encanto. Después la vigilancia disfrazada de cuidado. Luego el aislamiento elegante, casi invisible. Él le decía que ciertas amistades le hacían mal, que el trabajo la estaba consumiendo, que ella necesitaba descansar. Cuando empezaron los síntomas, Tomás fue el primero en ponerles nombre psicológico. Estrés. Crisis nerviosa. Agotamiento. También le preparaba té todas las noches. Nora alcanzó a salir de esa casa cuando su hermana la llevó por la fuerza a un hospital en otra ciudad. Nunca hubo investigación. Nunca ligaron el deterioro de su salud con él. Ella sobrevivió, pero cargó durante años con el recuerdo insoportable de no haber sabido explicar qué le estaba pasando.
Escucharla fue como ver mi propio futuro alterno.
La diferencia entre Nora y yo no fue que yo fuera más fuerte. La diferencia fue que me desplomé delante de una paramédica que sí sabía escuchar.
Tomás fue detenido por intento de homicidio agravado. Elvira enfrentó cargos por encubrimiento y alteración de evidencia, porque las cámaras exteriores del vecino registraron su entrada a la cocina la mañana siguiente al cateo. En las imágenes se la veía salir con un guante y una bolsa que después apareció vacía en el bote del patio. Además, intentó llamarme once veces desde números distintos cuando el hospital restringió sus visitas.
Hubo una llamada que jamás olvidaré. Rocha me puso el altavoz porque quería que quedara registrada.
—No tienes idea de lo que le estás haciendo a mi hijo —dijo Elvira, sin saludo—. Todo porque te encantó sentirte protagonista por fin.
La miré al teléfono como si pudiera verla a través del plástico.
—No