Hubo fuego.
Y cuando vimos que seguías viva…
Lorenzo decidió desaparecerte.”
Alonso la miraba como si no pudiera reconocer a la mujer con la que pensaba casarse.
“¿Y tú aceptaste?”
Camila alzó los hombros, pero los ojos le brillaban con algo cercano al odio.
“Tú también aceptaste otras mentiras, Alonso.
Solo que las tuyas venían con apellidos más caros.”
Elena sintió náusea.
No solo por la traición de Camila o por la monstruosidad de Lorenzo.
También por Alonso.
Porque aunque quizá él no hubiera sabido la verdad completa, había vivido demasiado acostumbrado a que otros resolvieran lo oscuro sin hacer preguntas.
Él mismo lo comprendió al verla.
“Yo no sabía lo del ADN”, dijo con voz rota.
“Te juro que no sabía.”
Elena lo miró con lágrimas contenidas.
“Pero no buscaste suficiente.”
La frase fue peor que un grito.
Alonso cerró los ojos.
Tenía razón.
Había sufrido, sí.
La había llorado.
Había bebido hasta romper vasos, gritado contra médicos, exigido informes.
Pero al final había aceptado la versión conveniente que su padre le entregó.
Porque el dolor era inmenso, y creer en una muerte accidental era más soportable que admitir una conspiración dentro de su propia familia.
El intercomunicador del despacho sonó de pronto.
Dolores habló desde abajo, agitada.
“Señor, Ernesto acaba de entrar por la cocina con dos hombres.
Pregunta por la señorita Camila.”
Camila se irguió.
“Ya es tarde”, dijo en voz baja.
Alonso reaccionó al fin.
Tomó la memoria USB, las carpetas y el teléfono.
“Cierren la puerta.
Nadie sale por separado.”
Bajaron por la escalera de servicio.
En el pasillo, las luces parecían más frías.
Elena fue primero hacia la habitación donde estaba Samuel.
El niño seguía dormido en brazos de Dolores, ajeno a que el mundo de los adultos acababa de romperse.
Ernesto apareció al fondo del corredor con dos hombres robustos y expresión de amenaza.
Había servido a los Vergara diecisiete años.
A Alonso le enseñó a manejar cuando era adolescente.
A Elena le abría la puerta del coche con respeto impecable.
Ahora sostenía una pistola.
“Señor”, dijo sin bajar el arma, “entregue las carpetas.
Esto no tiene por qué empeorar.”
Alonso se adelantó, pero Elena se interpuso sin pensarlo, cubriendo a Samuel con el cuerpo.
Ernesto vaciló un segundo.
“No vine a hacer daño al niño”, dijo.
“Ya se lo hiciste hace dos años”, respondió Elena.
Camila, viendo la escena, tomó una decisión desesperada.
Echó a correr hacia la salida lateral.
Uno de los hombres de Ernesto trató de seguirla, pero Alonso lo golpeó antes de que diera dos pasos.
Hubo un forcejeo violento contra la pared.
Dolores gritó.
Samuel despertó sobresaltado y empezó a llorar.
El sonido del niño alteró algo en Ernesto.
Bajó el arma apenas una fracción.
Fue suficiente.
Elena tomó el candelabro de mesa que había sobre una consola y lo lanzó contra su muñeca.
El disparo se perdió en el techo.
Alonso se abalanzó sobre él.
Los guardias de la hacienda, alertados por el ruido, llegaron desde el jardín.
En segundos, el corredor se volvió una mezcla de órdenes, pasos y metal golpeando el suelo.
Cuando todo terminó, Ernesto estaba inmovilizado, uno de sus hombres sangraba de la ceja y Camila había desaparecido.
La policía llegó veinte minutos después.
Esa noche no hubo arresto inmediato para todos ni