ni documentos.
Una enfermera me dijo que había perdido la memoria y que mi esposo había autorizado un tratamiento psiquiátrico porque estaba alterada y representaba un riesgo.
Intenté escapar varias veces.
Me sedaban.
Me decían que imaginaba cosas.
Durante semanas no supe ni mi nombre completo.
Solo veía la pulsera roja de Samuel en sueños.”
Alonso se quedó pálido.
“Yo no firmé ningún tratamiento.
Nunca me mostraron un cuerpo, pero el informe decía que era imposible rescatar…”
“Porque no querían que siguieras buscando”, dijo Elena.
Camila rio sin humor.
“Conveniente.
Muy conveniente.
Aparece dos años después, justo cuando Alonso va a casarse, con una historia de novela.”
Entonces Dolores dio un paso adelante.
“Yo también tengo algo que decir”, anunció.
Todos la miraron.
La anciana sacó de su delantal un sobre amarillento.
“Lo encontré esta tarde en la habitación azul, escondido bajo el forro del joyero de la señorita Camila.
Lo guardé porque me pareció raro.”
Camila fue hacia ella con rapidez inesperada.
“Eso no es suyo.”
Pero uno de los guardias se interpuso.
Dolores entregó el sobre a Alonso.
Dentro había una fotografía chamuscada por las orillas.
En ella se veía, iluminada por el resplandor del incendio, la silueta de dos personas metiendo a una mujer inconsciente en una camioneta negra.
Alonso acercó la foto a la luz.
Reconoció a Camila.
Y reconoció también al chofer de su padre, Ernesto Varela.
La fecha impresa en la esquina inferior coincidía con la noche del incendio.
Camila dejó de fingir serenidad.
“Eso no prueba nada”, dijo, pero su voz se había quebrado.
“Prueba que estabas ahí”, respondió Alonso.
Elena metió la mano al bolsillo del delantal y sacó la pequeña llave de latón.
“Y esto prueba que no vine improvisando”, dijo.
“La encontré cosida dentro del forro de un abrigo viejo tuyo que todavía guardaban en la bodega.
Es la llave del escritorio oculto de tu padre.
Él lo mandó hacer cuando aún vivíamos todos aquí.
Nunca quiso que supiera para qué lo usaba, pero sí supe dónde estaba.
Si Ernesto participó, Lorenzo también sabía algo.”
Alonso no quiso creerlo.
Su padre era duro, autoritario, obsesionado con el apellido y el control, pero seguía siendo su padre.
“Estás acusando a demasiada gente”, dijo, aunque ya no sonaba seguro.
Elena respiró hondo.
“No.
Estoy siguiendo el hilo hasta donde me lleve.”
Samuel, agotado por el llanto, se había quedado dormido en su hombro.
Elena lo acomodó con delicadeza y Alonso observó el gesto con un dolor casi físico.
No recordaba que una ausencia pesara tanto hasta que vio, frente a él, la forma precisa de llenarla.
Subieron al despacho de Lorenzo en el ala oeste.
Camila quiso negarse, pero Alonso la obligó a acompañarlos.
Dolores se quedó con Samuel en la habitación contigua, jurando que nadie se acercaría al niño.
El despacho olía a madera antigua y tabaco frío.
Los libros cubrían una pared completa.
Sobre el escritorio principal había papeles perfectamente alineados, como si Lorenzo siguiera entrando cada mañana a imponer orden incluso cuando llevaba semanas hospitalizado en Madrid por una afección cardíaca.
Alonso apartó una fila de volúmenes de derecho mercantil y encontró la cerradura casi oculta en el panel.
La llave entró con facilidad.
El compartimento secreto se abrió con un chasquido seco.
Dentro había tres carpetas negras, una