una grieta en el pecho.
“¿Qué sabe usted?”
El hombre apoyó el bastón en el suelo con un golpe suave.
“Más de lo conveniente. Menos de lo necesario. Entre, Irene Salvatierra. Hablaremos con documentos, no con lágrimas.”
Ella no había dicho su apellido de soltera.
Ese detalle debió asustarla. Y la asustó. Pero en ese instante, detrás de la puerta que se había cerrado sobre su vida, estaban el hombre que la había humillado, la mujer que llevaba sus aretes y la suegra que había hecho de su dolor una ceremonia familiar.
Irene entró.
El departamento de Mauro no parecía el refugio de un anciano solitario. Era un lugar amplio, sobrio, con muebles de madera oscura, persianas cerradas y un silencio denso. En una pared había fotografías en blanco y negro: una joven con bata de laboratorio sonriendo junto a un microscopio; un edificio con el letrero de una clínica; un grupo de médicos posando en una inauguración. En otra pared, archivadores metálicos con cerraduras digitales.
Sobre el escritorio había tres pantallas apagadas.
Mauro le dio una toalla limpia y señaló una silla.
“Siéntese.”
“No voy a firmar nada.”
“Bien. La gente desesperada firma. La gente inteligente lee primero.”
Irene se sentó sin soltar la maleta.
Mauro colocó una carpeta frente a ella. Era color vino. En la portada, escrito con letra precisa, aparecía su nombre completo.
Irene Salvatierra Ruiz.
Debajo había fechas. Su boda. Su primer tratamiento. Su cirugía. La compra del departamento. Los depósitos que había hecho a cuentas de Tomás.
Irene levantó la mirada.
“Esto es ilegal.”
“Algunas partes son desagradables. Otras son perfectamente legales. Lo importante es que son útiles.”
“¿Me estuvo investigando?”
“Estuve investigando a la familia Vidal. Usted apareció en el expediente como daño colateral.”
Irene abrió la carpeta. Dentro había copias de transferencias bancarias, recibos de contratistas, correos electrónicos donde Tomás confirmaba pagos que luego negaba, fotografías de facturas y mensajes que demostraban que ella había aportado mucho más de lo que él reconocía.
Pasó una página y se quedó inmóvil.
Había también resultados médicos.
No eran los informes que Tomás le había enseñado después de la tercera clínica. Aquellos informes decían que ella tenía baja reserva, que su útero era hostil, que sus probabilidades eran mínimas. Estos decían algo distinto. Su reserva ovárica era adecuada para su edad. Sus trompas estaban permeables. Sus análisis hormonales no explicaban la infertilidad de la pareja.
Al final de un estudio aparecía una nota del laboratorio.
Se recomienda evaluación andrológica completa del cónyuge. Posible factor masculino severo.
Irene dejó de respirar por un segundo.
“Esto no puede ser.”
Mauro no dijo nada.
Ella pasó otra página. Había un recibo de pago a nombre de una empresa vinculada a Tomás. Luego una carta breve de un médico que Irene recordaba: el doctor Arrieta, quien había dejado de atenderlos después de una discusión privada con su esposo.
La carta decía que el señor Vidal se negó a recibir resultados propios y solicitó que toda comunicación posterior se hiciera exclusivamente con él.
Irene sintió náusea.
“Él sabía.”
“Sí.”
“No.”
“Sí, Irene.”
La voz de Mauro no fue cruel. Fue peor: firme.
“Su esposo sabía que el problema principal no era usted. Pagó para controlar la información. Permitió que su madre la culpara. Permitió que usted se sometiera a tratamientos