“Yo sí quiero darle hijos”, murmuró.
La frase cayó sobre Irene con la fuerza de un golpe seco.
Durante cinco años había soportado inyecciones que le inflamaban el vientre, hormonas que le cambiaban el humor, estudios dolorosos, dietas absurdas recomendadas por tías entrometidas, oraciones que no pidió y consejos crueles disfrazados de cariño. Había visto a Tomás apartar la cara cada vez que el médico sugería estudios para él. Había escuchado a doña Raquel decir que los hombres Vidal no tenían problemas de fertilidad, que la sangre fuerte se reconocía sola.
Irene tragó saliva.
“Tomás, todavía no tienes tus estudios completos.”
La expresión de él cambió apenas. Una sombra rápida, un parpadeo de rabia.
“No empieces con eso.”
“Solo digo que nunca quisiste…”
“¡Basta!”, cortó él. Luego bajó la voz, porque los Vidal jamás gritaban cuando podían destrozar con elegancia. “No voy a permitir que ensucies mi nombre para cubrir tu fracaso.”
Irene tomó la maleta.
La manija estaba floja. Un hilo de cuero se le clavó en la palma.
“Algún día te vas a arrepentir de esto.”
Tomás soltó una carcajada corta.
“No. Hoy por fin dejo de cargar contigo.”
La puerta se cerró.
No fue un portazo. Fue peor. Fue un cierre tranquilo, definitivo, como si ella hubiera sido una visita incómoda que se había quedado demasiado tiempo.
Irene se quedó en el pasillo del piso diecisiete, escuchando la lluvia contra los ventanales. No tenía paraguas. No tenía dinero disponible. No tenía una habitación reservada ni una amiga cerca a quien llamar sin sentir que se le deshacía la voz.
Sacó el teléfono. La pantalla estaba agrietada desde hacía semanas. Había un mensaje nuevo del banco.
Acceso restringido por solicitud del titular principal.
Irene cerró los ojos.
Entonces oyó una cerradura.
Al fondo del pasillo, la puerta del departamento 17C se abrió lentamente.
Todos en el edificio hablaban de ese vecino. Un hombre mayor que casi nunca salía, siempre vestido con trajes oscuros o batas grises, apoyado en un bastón negro con empuñadura de metal. Algunos decían que había sido militar. Otros, que era un empresario arruinado. Los guardias aseguraban que por las noches llegaban camionetas negras y hombres con audífonos, médicos privados, mensajeros que no firmaban en recepción.
En el buzón figuraba como Mauro Cárdenas.
Pero nadie estaba seguro de que ese fuera su nombre.
El hombre observó a Irene desde la sombra de su entrada. Su rostro tenía una cicatriz antigua junto a la sien izquierda. Sus ojos eran claros, fríos, imposibles de leer.
“Si se queda ahí, señora Vidal, se va a enfermar antes de tener oportunidad de defenderse.”
Irene enderezó la espalda.
“No necesito lástima.”
“Me alegra. No tengo costumbre de ofrecerla.”
El hombre abrió más la puerta. Detrás de él no había oscuridad, como Irene esperaba, sino una luz cálida y un orden casi quirúrgico.
“Entre. Le prestaré una toalla y un teléfono.”
“No conozco sus intenciones.”
“Eso demuestra que aún piensa con claridad.”
Irene no se movió.
El vecino miró hacia la puerta cerrada de Tomás.
“Su esposo acaba de cometer un error viejo: confundir silencio con debilidad.”
Irene sintió un escalofrío que no venía de la lluvia.
“¿Por qué dice eso?”
“Porque la escuché durante años pedir perdón por algo que tal vez nunca fue culpa suya.”
La frase le abrió