a Ernesto con la cartera. Quiso arrastrar a su hermana fuera del hotel, meterla en un taxi y no mirar atrás. Pero sabía que, si hacía eso, Ernesto tendría la historia perfecta: cuñada inestable irrumpe en gala, agrede a empresario, secuestra a mujer bajo tratamiento médico.
Los hombres como Ernesto no solo abusaban.
Documentaban la reacción.
Inés sacó su teléfono.
Ernesto sonrió con desprecio.
—Llama a quien quieras. El comandante Suárez está en mi mesa. El secretario de Desarrollo está brindando en mi salón. Mi abogado duerme con el celular prendido.
Inés marcó.
Al segundo tono, una voz masculina respondió.
—Inés.
—Raúl, activa el protocolo de resguardo. Estoy en el Hotel Beltrán, entrada de servicio norte. Hay posible privación ilegal, alteración de historia clínica y riesgo de destrucción de evidencia.
La sonrisa de Ernesto se endureció.
Inés continuó.
—Necesito preservación inmediata de cámaras, accesos electrónicos, registros de nómina, bitácoras médicas, cajas fuertes y respaldos del servidor interno. Pide firma urgente de la jueza Salvatierra. Usa el expediente 48-B.
Miranda retiró la mano del brazo de Ernesto.
—¿Expediente? —preguntó.
Ernesto no la miró.
—Cuelga —le dijo a Inés.
—También solicita bloqueo preventivo de cuentas vinculadas a la Fundación Beltrán —añadió ella—. Sí, estoy frente a él. Sí, Valeria está viva. Sí, lesionada.
Valeria cerró los ojos al oír su propio nombre. Una lágrima le bajó por la mejilla, pero no hizo ningún ruido.
Ernesto dio un paso hacia Inés.
—Estás cometiendo un error que no vas a poder pagar.
Inés bajó el teléfono apenas un centímetro.
—El error lo cometiste tú.
—¿Cuál? ¿Casarme con tu hermana?
—Pensar que ella se había quedado sola.
El rostro de Ernesto cambió. Fue leve, apenas un músculo en la mandíbula, apenas un brillo oscuro en los ojos, pero Inés lo vio. Él también.
Valeria hizo un movimiento pequeño.
Su mano se deslizó hacia una maceta rota junto a la puerta. Era una maceta grande, de barro, con una planta de lavanda medio muerta por el exceso de lluvia. Valeria metió los dedos entre la tierra mojada y sacó algo envuelto en plástico transparente.
Una pulsera de hospital.
Inés la tomó antes de entender qué estaba viendo. El plástico estaba sellado con cinta. Dentro, la pulsera tenía un nombre escrito con tinta azul: Mateo Beltrán R.
Fecha de nacimiento: siete meses atrás.
Inés sintió que el ruido de la gala desaparecía.
Valeria la miró con una súplica muda.
Ernesto vio la pulsera.
Y por primera vez, perdió el control de verdad.
Se lanzó hacia Inés.
No fue un empujón elegante ni una maniobra calculada. Fue un arrebato de pánico. Inés retrocedió, pero el suelo estaba mojado y estuvo a punto de caer. Valeria, desde abajo, extendió una mano y se aferró al pantalón de Ernesto. Él tropezó.
—¡Dámela! —rugió.
Miranda gritó su nombre.
Inés apretó la pulsera contra el pecho.
Entonces la reja del patio se abrió de golpe.
Tres camionetas negras entraron sin tocar el claxon. Las luces blancas atravesaron la lluvia. De ellas bajaron agentes, peritos y dos técnicos con maletines. Raúl Mendoza caminaba al frente, impermeable oscuro, una carpeta plástica en la mano y el celular pegado al oído.
—Orden autorizada —dijo al llegar a los escalones—. Nadie entra ni sale del sistema interno del hotel.
Ernesto recuperó la compostura a medias.
—Esto