estoy hospitalizada o muerta, revisen los frascos de su estudio y las cámaras del comedor. No confío en el abogado Robles. Lo vi salir de la oficina de Mateo con documentos que yo no autoricé”.
Lucía se llevó una mano a la boca.
El video continuó.
“Mi testamento verdadero está con el notario Esteban Luján. Todo lo que tengo queda a la fundación y a mi hermana Renata, no a Mateo. Si presentan otro documento, fue firmado bajo medicación o engaño”.
Al final, Mariana levantó el dije de plata.
“Mamá me decía que las golondrinas siempre encuentran el camino de vuelta. Ojalá esto también”.
Un golpe sonó en la puerta.
Lucía apagó la pantalla.
“¿Lucía?”, llamó Mateo. “Abra, por favor”.
No sonaba molesto. Sonaba peor: amable.
“Un momento”.
“No se meta en una historia que no entiende”.
La joven cerró los dedos alrededor de la memoria.
“Estoy ocupada”.
“Yo puedo ayudarla”, dijo él desde afuera. “Tengo amigos en la dirección. También podría perjudicarla. Usted decide qué clase de noche quiere tener”.
Lucía pensó en su madre, en la renta atrasada, en todas las veces que la habían hecho sentir reemplazable. Luego pensó en Mariana tratando de decir “me está matando” con una garganta casi seca.
Abrió la puerta.
Mateo sonrió.
“Qué bueno que podemos hablar”.
“Sí”, dijo Lucía. “Vamos a hablar”.
Detrás de él, al fondo del pasillo, aparecieron dos hombres con traje y una mujer de bata blanca. Uno levantó una identificación.
“Fiscalía del Estado”, dijo. “Necesitamos asegurar el cuarto de la señora Mariana Ríos”.
La sonrisa de Mateo se borró.
Lucía no había llamado a la policía. No directamente. Había llamado al número que aparecía al final del video: Esteban Luján.
El notario no tardó ni quince minutos en activar algo que Mariana había preparado mucho antes de enfermar. Un protocolo legal, médico y penal que ella misma había dejado firmado cuando empezó a sospechar.
Mateo miró a Lucía como si por fin la viera.
“No sabe lo que acaba de hacer”.
“Creo que sí”, respondió ella.
El fiscal pidió revisar los vasos. Mateo intentó acercarse a la cama.
“Mariana necesita descansar. Esto es una barbaridad”.
La mujer de bata blanca, una toxicóloga externa llamada doctora Salvatierra, lo detuvo con el cuerpo.
“Desde este momento, nadie que no sea personal autorizado entra en contacto con la paciente”.
Mateo soltó una risa áspera.
“¿Y usted quién es?”.
“La persona que va a comparar lo que hay en ese vaso con los rastros encontrados en su sangre”.
Por primera vez, Mateo perdió color.
Mariana lo vio a través de una rendija entre los párpados. Esa mínima grieta en su control fue más poderosa que cualquier grito.
Durante la hora siguiente, el cuarto se convirtió en una escena silenciosa de guerra. Tomaron muestras del vaso. Sellaron el sobre crema. Revisaron el registro de visitas. Trasladaron a Mariana a una habitación con vigilancia, donde Mateo ya no podía entrar. La doctora Salvatierra ordenó ajustar el tratamiento y suspender todo lo que no hubiera sido indicado por el equipo externo.
Al amanecer, la fiebre de Mariana empezó a bajar.
No estaba fuera de peligro.
Pero ya no estaba sola.
Renata, su hermana menor, llegó con el cabello mojado por la lluvia y los ojos hinchados. Hacía casi un año que no se hablaban.