motivo».
Antes de que Lucía pudiera responder, la voz de Mateo sonó al otro lado de la puerta.
«¿Doctora? ¿Puedo pasar?»
Inés cerró los ojos al instante.
Lucía entendió. Se enderezó, tomó la tabla clínica y respiró hondo.
Mateo entró con el rostro de mártir perfectamente colocado. La lluvia oscurecía el vidrio detrás de él. Se detuvo al ver a Lucía junto a la cama.
«¿Despertó?»
«No», respondió ella. «Sigue sedada».
Mateo miró a Inés. Luego al monitor. Luego a la bolsa de cuero junto al sillón.
Ese movimiento fue mínimo, pero Lucía lo notó.
Después miró su mano izquierda.
Debajo del anillo de bodas, en el pliegue del dedo, había una mancha amarillenta. Polvo seco. Casi imperceptible.
Lucía había visto ese tono esa misma mañana en el tapón de un frasco entregado por Mateo: un supuesto suplemento natural para fortalecer el hígado. Él había insistido en que Inés lo tomaba desde hacía años. Sin embargo, cuando Lucía revisó el expediente, no apareció en ninguna receta.
«Quiero quedarme unos minutos con ella», dijo Mateo.
«Solo unos minutos», contestó Lucía.
Él se acercó, acarició el cabello de Inés y dejó los dedos demasiado cerca de su boca. Lucía dio un paso hacia la cama.
Mateo levantó la vista.
«¿Pasa algo?»
«Debo revisar sus signos».
«Claro».
Pero su mandíbula se tensó.
Lucía fingió anotar. Mateo se inclinó de nuevo hacia Inés.
«Mañana será un día importante», murmuró, creyendo que solo ella lo oía. «No me falles ahora».
Cuando salió, no cerró la puerta del todo. Lucía caminó hasta ella y la empujó con suavidad hasta oír el clic.
Inés abrió los ojos.
«Lo vio».
«Sí».
«La libreta negra», dijo Inés. «Está en el forro de mi bolsa. Necesito que llame al último número».
Lucía tomó la bolsa. Sus dedos encontraron una costura gruesa en el interior. Tiró de un hilo suelto y apareció una libreta pequeña, gastada, con tapas negras.
La última página tenía un número telefónico y una frase escrita con tinta azul:
Cuando él sonría en mi funeral, entrega el sobre gris.
Lucía levantó la mirada.
«¿Qué sobre?»
«Ramiro lo tiene. Pero no debe venir como abogado. Debe venir como visitante de mi hermano».
«Señora Valcárcel, esto es muy grave».
«Por eso se lo pido a usted».
Lucía apretó la libreta contra su pecho. «¿Por qué a mí?»
Inés respiró con dificultad. «Porque cuando Mateo lloró en el pasillo, todos miraron sus lágrimas. Usted miró mis análisis».
Eso era cierto. Lucía había sido la única que se había detenido en un detalle incómodo: los valores de Inés no encajaban con una enfermedad natural. Eran demasiado bruscos, demasiado desordenados, como si algo externo estuviera golpeando su hígado desde distintos frentes.
«Necesito una muestra independiente», dijo Lucía en voz baja. «Sangre, orina, restos del contenido del frasco. Y necesito avisar al jefe de toxicología sin que él lo sepa».
«Hágalo».
«Su esposo podría impedirlo».
«Mi esposo ya intentó impedir que viviera».
La frase quedó suspendida entre las dos.
Lucía marcó el número.
Ramiro Vera contestó al tercer tono.
«Diga», respondió una voz grave.
Lucía miró a Inés.
«El reloj empezó», dijo.
Hubo un silencio largo al otro lado.
Después Ramiro preguntó: «¿Está viva?»
Lucía tragó saliva. «Sí. Pero no sé por cuánto tiempo».
«No deje que Arriaga saque nada de ese cuarto.