Se Casó Con La Mujer Del Puente Y Descubrió Su Secreto

confundido obediencia con amor, ella cerró los ojos.

El agente explicó que necesitarían una declaración formal de Inés. También advirtió que Beltrán debía ser manejado con cuidado; un hombre con años de conexiones podía destruir pruebas si sospechaba.

—Entonces hagamos que hable —dijo Inés.

Mateo la miró.

—¿Cómo?

Ella no respondió de inmediato. Se levantó, fue al cuarto y volvió con una caja de hojalata donde guardaba hilos, botones y agujas. Del fondo sacó una medalla de plata.

—Esta era de mi madre. Beltrán la vio en el expediente. Si me reconoce, no podrá fingir que no sabe quién soy.

El plan fue simple y peligroso.

El domingo siguiente, Inés entraría a la iglesia con Mateo y los niños. La licenciada Robles estaría afuera. El agente, sentado al fondo, grabaría audio. No buscaban una confesión completa. Buscaban una reacción, una amenaza, cualquier frase que probara conocimiento previo.

Mateo odiaba la idea.

—No quiero usarte como carnada.

Inés se abotonó la blusa blanca frente al espejo. Llevaba el cabello recogido y la medalla visible sobre el pecho. Parecía distinta, no por la ropa, sino por la manera de sostener la espalda.

—Ya me usaron como advertencia, como vergüenza, como fantasma. Hoy me uso yo para recuperar mi nombre.

La iglesia estaba llena.

San Jacinto olía a incienso, madera vieja y perfume barato. La gente volteó al verlos entrar. Inés caminó por el pasillo central con Elena de la mano y Tomás pegado a la pierna de Mateo.

Horacio Beltrán estaba en la primera banca.

Al principio no los miró. Luego vio la medalla.

Su rostro perdió color.

Fue apenas un segundo, pero Mateo lo vio. También el agente.

Inés siguió caminando hasta colocarse en la banca de atrás. La misa comenzó. Nadie escuchó realmente las lecturas. O quizá solo Mateo no pudo escucharlas. Tenía los ojos fijos en la nuca de Beltrán.

Al terminar, la gente salió en grupos. Beltrán esperó junto a la puerta lateral. Inés le pidió a Mateo que llevara a los niños con Clara, que estaba afuera. Él no quiso.

—Mateo —dijo ella—, por favor.

Él obedeció a medias. Dejó a los niños con Clara, pero se quedó a unos pasos, cerca de la columna.

Beltrán se acercó con una sonrisa seca.

—Señora Inés. Cuánto tiempo.

Inés lo miró sin bajar la cabeza.

—Entonces sí me recuerda.

El hombre corrigió su expresión demasiado tarde.

—El pueblo es pequeño.

—Usted no me conoció en este pueblo.

Beltrán apretó la mandíbula.

—No sabe de qué habla.

—Usted firmó como testigo auxiliar en el informe que permitió encerrarme.

—Tenga cuidado.

La voz del hombre bajó. Ya no sonreía.

—Las mujeres como usted confunden recuerdos con fantasías. Ya le pasó una vez.

Mateo sintió el impulso de lanzarse sobre él, pero Inés levantó una mano sin mirarlo. No necesitaba que la defendieran a golpes. Necesitaba que la dejaran terminar.

—Mi padre grabó una declaración —dijo ella—. Mi madre guardó los pagos. Esteban no podrá protegerlo.

Beltrán dio un paso más cerca.

—Su hermano la debió haber encontrado cuando tuvo oportunidad.

Ahí estuvo.

No fue una confesión elegante. Fue mejor: una amenaza nacida del miedo.

El agente apareció detrás de él.

—Licenciado Beltrán, será mejor que nos acompañe.

La cara del juez retirado cambió de soberbia a cálculo. Miró alrededor. Varios vecinos

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