las macetas, galletas bajo las sábanas. Si Mateo alzaba la voz porque se golpeaba un dedo con el martillo, ella se quedaba inmóvil, como esperando un castigo. Dormía con una silla trabando la puerta del cuarto, aunque Mateo jamás intentaba entrar sin tocar.
La primera vez que él cerró la puerta principal con seguro, Inés se levantó de la mesa y vomitó en el patio.
Después, sentada en el escalón, con la cara hundida entre las manos, dijo:
—No es por ti.
—Lo sé.
—No lo sabes.
Mateo se sentó a su lado sin tocarla.
—Entonces enséñame despacio.
Ella tardó semanas en dejar la silla fuera de la puerta. Meses en dormir una noche completa. Casi un año en aceptar que Mateo le tomara una foto desde lejos mientras ella regaba las albahacas.
Pero la casa empezó a cambiar.
Inés pintó las sillas viejas de azul. Lavó las cortinas que habían amarilleado desde la muerte de la madre de Mateo. Sembró hierbabuena, cilantro y albahaca detrás del lavadero. Puso una campanilla en la puerta no para anunciar visitas, sino para no sobresaltarse con los golpes.
Aprendió a lijar madera. Mateo aprendió a no caminar pesado de noche. Ella aprendió los nombres de los clientes del taller. Él aprendió que no todos los silencios piden preguntas.
A veces reían.
Al principio, la risa de Inés salía como si le doliera usarla. Luego se volvió más fácil. Mateo descubrió que tenía humor seco, que imitaba con precisión al locutor de la radio, que podía regañar a una gallina como si fuera una señora chismosa del mercado.
San Jacinto no perdonó de inmediato.
Algunas mujeres dejaban de hablar cuando ella entraba a la tienda. Un hombre del co-op le dijo a Mateo que revisara sus cajones cada noche. En la iglesia, una señora le apretó la mano a Inés y dijo:
—Qué bonito que alguien le haya dado una oportunidad.
Inés sonrió sin enseñar los dientes.
En el camino a casa, Mateo preguntó:
—¿Estás bien?
—Sí.
—No tienes que fingir conmigo.
Ella miró por la ventana de la camioneta.
—No finjo. Solo elijo dónde gastar mi rabia.
Esa era Inés. No era frágil. Estaba herida. Y una herida no es lo mismo que debilidad.
Luego llegó Elena.
El embarazo fue una mezcla de alegría y miedo. Inés tocaba su vientre como si no se atreviera a creer que algo dentro de ella pudiera estar a salvo. En las consultas médicas, Mateo notaba cómo le sudaban las manos al llenar formularios. Cada documento era para ella una habitación cerrada.
Cuando Elena nació, una madrugada de enero, Inés la recibió contra el pecho y no habló durante casi un minuto.
—¿Qué pasa? —preguntó Mateo, asustado.
Ella negó con la cabeza. Una lágrima le corrió hacia la oreja.
—No sabía que alguien podía llegar al mundo buscándome a mí.
Dos años después nació Tomás, con los pulmones fuertes y el carácter decidido. La casa de Mateo, que durante años había sonado a herramientas y viento, empezó a sonar a juguetes, pasos pequeños, cucharas golpeando la mesa y canciones inventadas por Inés mientras hacía tortillas.
El pueblo cambió un poco.
No por nobleza completa. Más bien porque los niños obligan a algunas personas a bajar la crueldad. Ya no decían la loca del puente. Decían la esposa