consentimiento, necesita preocuparse.
Durante dos semanas, Valeria vivió una doble vida.
En casa servía café, escuchaba excusas y fingía no notar que Alonso escondía el teléfono boca abajo. En secreto, se reunía con Octavio, con un auditor forense y con dos socios originales que Alonso también había intentado apartar.
La primera reunión fue en una cafetería pequeña, lejos de las oficinas. Octavio extendió los documentos sobre la mesa y los revisó con una paciencia quirúrgica.
—Esto no es solo infidelidad ni divorcio sucio —dijo—. Esto es intento de disposición fraudulenta de activos. Y si las transferencias se ejecutan después de la firma en París, recuperar el dinero será mucho más difícil.
—Entonces lo detenemos antes de que viaje —propuso Valeria.
Octavio la miró por encima de sus lentes.
—Si lo detenemos antes, dirá que fue un malentendido. Necesitamos un acto claro. Algo público. Algo que demuestre coerción y mala fe.
Valeria entendió.
—Va a intentar impedir que suba.
—¿Estás segura?
Ella pensó en la forma en que Alonso la miraba últimamente, como si ya la hubiera borrado.
—Sí.
El plan fue sencillo y peligroso. Valeria compraría su boleto a París usando una reserva asociada al viaje corporativo. No confrontaría a Alonso. No le diría que sabía nada. Octavio viajaría en el mismo vuelo, en primera clase, con los documentos notariados y las medidas de suspensión listas para activarse en cuanto Alonso cometiera el error de demostrar, frente a testigos, que intentaba excluirla del viaje y del cierre.
—No puedo prometerte que no duela —le advirtió Octavio.
Valeria bajó la vista a sus manos.
—Ya duele. Solo quiero que sirva para algo.
La mañana del viaje, Alonso entró al vestidor con una calma demasiado limpia. Valeria cerró su maleta.
—¿Desde cuándo tienes boleto? —preguntó él.
—Desde que me llegó la agenda del cierre —respondió ella.
—No vas.
—Soy accionista fundadora.
Alonso soltó una risa seca.
—Eras útil cuando esto era una oficina con goteras. Ahora solo complicas.
Valeria sintió el golpe, pero no le regaló reacción.
—Nos vemos en el aeropuerto.
Él se acercó tanto que ella pudo ver una vena palpitándole en la sien.
—No me provoques, Valeria.
—No estoy provocando. Estoy viajando.
Camila apareció en el aeropuerto como si la escena ya estuviera ensayada. Alonso fingió sorpresa al verla, pero Valeria notó que sus maletas tenían etiquetas consecutivas. También notó que Camila llevaba el anillo delgado que Alonso había comprado en Madrid y que nunca llegó a casa.
Durante el check-in, Alonso intentó cancelar la reserva de Valeria. No pudo. En seguridad, caminó diez pasos adelante, negándose a hablar. En la sala de embarque, cuando llamaron a primera clase, Valeria se colocó detrás de él.
Entonces ocurrió.
—Ella no sube a ese avión.
El pase roto.
La mirada de todos.
La sonrisa de Camila.
La llamada de veintisiete segundos.
Y ahora, dentro del avión, Alonso se acomodaba en su asiento creyendo que había ganado.
—Te dije que lo resolvería —le dijo a Camila, tomando una copa de champaña.
Camila se inclinó hacia él.
—Fue cruel.
—Fue necesario.
—No me gustaría que algún día me trataras así.
Alonso la miró con una sonrisa sin ternura.
—Entonces no me desafíes.
Camila apartó la vista. Por primera vez desde que Valeria la conocía, pareció menos segura.
En el asiento 1A, Octavio Leal