y la habilidad de decir exactamente lo que Alonso quería escuchar.
—Usted piensa en grande —le dijo en su primera reunión—. Mucha gente alrededor suyo todavía piensa en sobrevivir.
Valeria, sentada al otro lado de la mesa, entendió el mensaje antes que Alonso. No era un comentario empresarial. Era una frontera.
Desde ese día, Camila la trató con cortesía venenosa.
—Qué admirable que sigas interesada en la empresa, Valeria —le dijo una tarde, mientras revisaban una presentación—. Muchas esposas prefieren quedarse en la parte social.
Valeria sonrió.
—Yo firmé los primeros contratos. Me interesa por memoria y por derecho.
Camila sostuvo la sonrisa, pero sus ojos se enfriaron.
Alonso empezó a llegar tarde. Luego a no llegar. Su ropa olía a ese perfume dulce que Valeria aprendió a detestar. Cuando preguntaba, él respondía con cansancio teatral.
—Otra vez con tus inseguridades.
La palabra “insegura” se volvió su arma favorita. Si Valeria pedía revisar documentos, era insegura. Si preguntaba por viajes, era posesiva. Si cuestionaba por qué Camila tenía acceso a cuentas internas, era paranoica.
Una noche, Alonso dejó su computadora abierta en el despacho. Valeria entró buscando una factura del seguro médico de su madre. La pantalla mostraba una carpeta llamada “Cierre Europa”.
No habría abierto nada si no hubiera visto su propio nombre en un archivo.
“Salida V.A.”
El cuerpo le avisó antes que la mente. Un frío le subió desde los pies hasta la nuca. Hizo clic.
Dentro había un calendario, borradores de correos, instrucciones de transferencia y un documento legal preparado para reducir su participación en la empresa bajo el argumento de “inactividad operativa”. También había un plan de divorcio con fechas cuidadosamente organizadas.
La firma final de la venta internacional sería en París.
El dinero pasaría primero por una cuenta corporativa y luego por dos sociedades nuevas. Una aparecía a nombre de Camila. La otra, de Sergio Villar, el hermano menor de Alonso.
Sergio.
Valeria no lo veía desde hacía meses. Un hombre nervioso, siempre intentando parecer más importante de lo que era, siempre resentido porque Alonso lo había mantenido lejos de los cargos visibles. Según los correos, Sergio no estaba lejos de nada. Era quien movía documentos, abría cuentas y negociaba con intermediarios.
Valeria no gritó. No despertó a Alonso. No rompió platos ni hizo preguntas que le permitieran mentir mejor.
Se sentó frente a la computadora y empezó a copiar.
Cada correo.
Cada archivo.
Cada instrucción bancaria.
Cada mensaje donde Alonso se refería a ella como “el obstáculo doméstico”.
Cuando terminó, eran las cuatro de la mañana. En la casa solo se oía el zumbido del refrigerador. Valeria imprimió una carpeta completa y la guardó dentro de una caja de zapatos, debajo de toallas viejas.
Al día siguiente llamó a Octavio Leal.
Octavio había sido el abogado que redactó los primeros contratos de la empresa, cuando Alonso no podía pagar un despacho elegante y Valeria cubrió sus honorarios con tres cheques posfechados. Años después, Alonso lo había reemplazado por una firma internacional y nunca volvió a mencionarlo.
Octavio sí recordaba.
—Valeria —dijo al escuchar su voz—. Hace años que no sé de ti.
—Necesito saber si todavía existe el acuerdo de fundadores.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.
—Existe —respondió Octavio—. Y si tu esposo está intentando vender sin tu