el paso. No buscó su mirada. Tampoco la evitó.
Esteban continuó:
—La señora Lucía Valdés, accionista mayoritaria e integrante de la junta de presidencia.
El silencio que siguió fue absoluto.
Irene soltó el brazo de Mauricio como si el contacto acabara de volverse peligroso.
Varios miembros del consejo se pusieron de pie.
Un murmullo recorrió la sala. Algunos sabían que la heredera existía, pero no la habían visto jamás. Otros habían oído rumores. Unos pocos, los más antiguos, reconocieron al instante los rasgos de Ofelia en el rostro de Lucía.
Mauricio parecía incapaz de decidir si acercarse o retroceder.
Al final dio dos pasos hacia ella.
—Lucía… —dijo en voz baja al llegar cerca—. ¿Qué significa esto?
Lucía lo miró por primera vez desde que entró.
—Significa que deberías haber hecho mejores preguntas antes de casarte conmigo.
Él abrió la boca, la cerró, miró alrededor y bajó aún más la voz.
—No hagas una escena.
Ella casi sonrió.
—La escena la hiciste tú cuando decidiste incendiar lo que creías que era lo único que yo tenía.
Los ojos de Mauricio cambiaron. Ahí apareció el primer destello verdadero de miedo.
—Podemos hablar en privado.
—No.
Lucía siguió hasta el escenario. Tomó el micrófono con una mano segura y dejó la carpeta azul sobre el atril. El sonido seco del cuero contra la madera rebotó en el salón como un aviso.
—Buenas noches —dijo.
Su voz salió clara, profunda, sin temblor.
—No pensaba intervenir esta noche. La celebración era para un ascenso que esta empresa consideraba merecido. Pero antes de brindar por la excelencia, conviene revisar el costo real de ciertas ambiciones.
Mauricio subió al escenario, pálido.
—Esto es una locura.
Esteban se interpuso con cortesía firme.
—Irá usted a su asiento, señor Santamaría.
Nunca nadie lo había llamado así delante de Lucía en un tono que sonara a límite. Mauricio obedeció a medias, como quien aún cree que podrá retomar el control en el próximo movimiento.
Lucía abrió la carpeta.
La primera hoja era una imagen impresa. La cámara de seguridad del patio trasero. Mauricio, junto a la parrilla. El encendedor en la mano. El vestido ardiendo.
Un murmullo áspero recorrió las mesas.
Mauricio dio un paso al frente.
—Eso no prueba nada.
—Prueba que destruiste propiedad ajena con intención de impedir la presencia de tu esposa en un acto corporativo —respondió Lucía—. Y apenas estamos empezando.
La segunda sección del dossier contenía reembolsos duplicados, facturas infladas y transferencias a una consultora que, en papel, ofrecía estrategia de reputación externa. La consultora pertenecía a un tercero. Pero ese tercero había cedido poderes de cobro a Irene Salvatierra seis meses atrás.
Lucía alzó la hoja correspondiente.
—Irene, quizá quieras explicar por qué una firma vinculada a ti recibió pagos de Argenor por servicios no ejecutados.
Irene no se movió. Tenía el rostro inmóvil de quien lleva años entrenando la expresión. Pero sus dedos apretaron la copa hasta dejar los nudillos blancos.
—Eso es un error administrativo —dijo al fin.
Clara apareció a un costado del escenario y entregó a Lucía otra carpeta más pequeña.
—Aquí están los correos donde se coordinó ese error —dijo.
Lucía hojeó un par de páginas y leyó dos líneas en voz alta. No necesitó más. Bastó el tono, la fecha, el cruce con los pagos y una