sí, pero ya no desordenada. Llevaba el cabello recogido en un moño bajo, labios color ciruela, hombros firmes. No se parecía a la esposa descartable que Mauricio había dejado junto a la parrilla.
Clara, sentada a su lado, le entregó la carpeta azul.
—Habrá prensa en la entrada lateral y en el salón principal. Esteban ya está preparado. El consejo pospuso el brindis diez minutos.
—¿Y mi madre?
—Está en camino.
Lucía giró hacia ella.
—No sabía que vendría.
—Dijo que había esperado demasiado para ver ciertas cosas en persona.
Eso la hizo tragar saliva. Su madre nunca hacía apariciones inútiles.
El Hotel Imperial brillaba como una joya demasiado consciente de su valor. Columnas, cristal, arreglos de lirios blancos, empleados deslizándose en silencio. Desde afuera llegaban fragmentos de música y conversaciones elegantes. En la entrada, flashes esporádicos recortaban los rostros de los invitados.
Lucía no entró por la alfombra principal.
Pidió la lateral. No quería convertir su llegada en espectáculo antes de tiempo. Quería que el impacto ocurriera dentro, donde no pudiera maquillarse.
Antes de bajar del auto, Clara la tocó suavemente en el antebrazo.
—Todavía puedes manejar esto en privado.
Lucía sostuvo la carpeta sobre sus rodillas.
—Él quemó algo más que un vestido.
Clara asintió. No dijo nada más.
Los pasillos del hotel olían a cera limpia y orquídeas. A medida que avanzaban, Lucía escuchó con mayor claridad la voz del maestro de ceremonias, el murmullo de los asistentes, el tintinear de las copas. En una pantalla interna vio la imagen en directo del salón principal: un escenario sobrio, una enorme proyección con el logo de Argenor Capital, ejecutivos en mesas circulares, camareros con guantes blancos.
Y a Mauricio.
Estaba junto a Irene, una mano en la espalda de ella, sonriendo para una fotografía. Lucía reconoció enseguida la expresión exacta de su marido cuando se sentía por fin admitido en una habitación de poder. Era una sonrisa medida, un poco inclinada, como si la gratitud le pareciera demasiado humilde y la arrogancia demasiado obvia. Había ensayado ese gesto frente al espejo más veces de las que él creía.
Lucía sintió dolor. Un dolor limpio, sin dramatismo. El duelo real no siempre grita. A veces solo ordena las piezas y en esa claridad duele más.
Un asistente abrió la puerta interna del salón.
—Señora Valdés —dijo con respeto—, estamos listos.
Al escuchar ese apellido en voz alta, después de tantos años de esconderlo, Lucía sintió una descarga que le recorrió la espalda. No de miedo. De regreso.
La puerta se abrió.
El gran salón quedó ante ella con su luz dorada, sus candelabros, los hombres de traje oscuro, las mujeres envueltas en seda, las copas suspendidas a medio camino de una conversación. La música se cortó con una suavidad mecánica.
Esteban Montalvo, desde el frente, tomó el micrófono.
—Antes de continuar con el programa de esta noche, Argenor Capital desea dar la bienvenida a una invitada cuya presencia honra esta casa de una manera muy especial.
Mauricio se volvió con una mueca distraída. Luego la vio.
Todo su cuerpo reaccionó antes que su cara. Los hombros se tensaron. La sonrisa cayó. La mano que sostenía la copa vaciló apenas.
Lucía avanzó por el centro del salón con el vestido negro rozando el piso como una sombra líquida. No apresuró