Lo primero que Renata Aranda escuchó después de que su familia intentó matarla fue a su madre preguntando si aún podían aprovechar su cuerpo.
La voz de Beatriz no tenía desesperación. No temblaba. No se quebraba. Sonaba igual que cuando pedía una mesa junto a la ventana en un restaurante caro o corregía a una empleada porque el mantel no caía perfectamente recto.
“Desconéctela”, dijo. “El corazón puede salvar a Tomás”.
Renata no abrió los ojos.
No porque no quisiera.
No podía.
Su cuerpo estaba hundido en una parálisis lenta, pesada, como si le hubieran llenado las venas de arena mojada. El tubo en su garganta le ardía con cada entrada de aire. Algo plástico le sujetaba la boca. Los párpados parecían cosidos desde dentro. Solo le quedaban los oídos, el dolor y el ritmo insistente del monitor.
Bip.
Bip.
Bip.
A su derecha, una máquina respiraba por ella. A su izquierda, el olor agrio de desinfectante cubría apenas un perfume caro, floral, empolvado. El perfume de su madre.
“Señora Aranda”, respondió un hombre. Renata reconoció la voz del médico de guardia, más tensa que antes. “Su hija está viva. No hay criterios para declarar muerte encefálica. No puedo iniciar ningún protocolo de extracción”.
Hubo un silencio mínimo.
Después habló su padre.
“Doctor Salvatierra, todos sabemos cómo funcionan estas cosas”.
Julián Aranda siempre hablaba así cuando estaba comprando a alguien. Despacio. Con una calma educada. Como si el mundo fuera una puerta y su dinero, la llave.
Renata imaginó su postura sin verlo: la espalda recta, los zapatos brillantes, el reloj de oro asomando bajo el puño de la camisa. Julián nunca levantaba la voz al principio. Primero ofrecía. Luego insinuaba. Al final destruía.
“Mi hijo no tiene tiempo”, añadió. “Usted recibió los informes. Tomás necesita un trasplante urgente”.
“Lo sé”, dijo el médico. “Pero Renata no es una donante disponible. No mientras respire. No mientras su corazón lata”.
“Ese detalle puede corregirse en el expediente”.
La frase cayó en la habitación con una limpieza brutal.
Renata sintió que algo dentro de ella se contraía, pero el monitor siguió obediente.
Bip.
Bip.
Bip.
No podía permitir que se alterara. No todavía. Había calculado ese momento durante meses, aunque una parte de ella había suplicado estar equivocada hasta el último segundo.
Su madre suspiró con fastidio.
“Renata siempre fue frágil”, dijo Beatriz. “Desde niña. Nadie se sorprendería si no resistió”.
“Es una mujer de treinta y seis años, señora”, respondió el médico.
“Una mujer sola”, corrigió ella. “Sin marido. Sin hijos. Sin nadie que la reclame. Tomás tiene una vida por delante”.
Renata quiso reír.
Tomás tenía una vida por delante porque todos habían empeñado la suya para pagársela.
Cuando eran niños, él rompía un florero y Renata pedía perdón. Él reprobaba materias y Renata dejaba de ir a clases de piano para ayudarlo. Él chocaba un auto a los veinte años y Julián hacía desaparecer la denuncia. Él apostaba dinero de la empresa familiar y Beatriz inventaba una crisis nerviosa para justificarlo.
Renata, en cambio, había aprendido temprano que en esa casa el amor era una habitación con llave. Podías verla desde el pasillo, iluminada, caliente, llena de voces. Pero nadie te dejaba entrar.
Durante años creyó que si era perfecta, la puerta se abriría.
Fue la mejor alumna. No