del desayuno.
Y sonreí por primera vez en mucho tiempo.
Porque él había tenido razón en algo: la vida siguió.
Solo que no como él imaginó.
El desayuno volvió a servirse a las siete.
Pero ya no en su mesa.
Y esta vez, al probar el primer sorbo de café en mi cocina pequeña, entendí algo que nadie me había enseñado con tanta claridad como esa caída: a veces la única forma de salvar la vida es dejar que se rompa la versión en la que otra persona la administraba por ti.
Afuera, el jacarandá comenzaba a florecer.
Adentro, por primera vez en años, no había nadie decidiendo por mí cuándo empezar el día.