A las treinta y ocho semanas de embarazo, yo creía que ya conocía el miedo. Había aprendido a reconocer los dolores falsos, el cansancio que se subía por la espalda al final de la tarde y esa ansiedad muda que aparece cuando una está a punto de convertirse en madre. Lo que no conocía era el terror de mirar al hombre con el que compartías la cama y descubrir, en el segundo más vulnerable de tu vida, que él era capaz de dejarte atrás.
El primer dolor llegó mientras Julián y su madre terminaban de salir de la casa con las maletas. No fue una punzada. Fue una ruptura. Algo violento, profundo, que me arrebató el aire y me obligó a agarrarme del mueble de la entrada para no caer. El pasillo se me inclinó delante de los ojos. Oí el golpe seco de una maleta contra la pared. Sentí el sabor metálico del miedo en la boca.
—Julián —alcancé a decir—. Ya empezó. Llama a una ambulancia.
Él se volvió de inmediato. Tenía el pasaporte en una mano y las llaves del auto en la otra. Por una fracción de segundo vi pánico en su cara. Fue un segundo limpio, casi esperanzador, porque pensé que reaccionaría como cualquier esposo decente. Pero entonces apareció Ofelia detrás de él con un sombrero de ala ancha, gafas oscuras en la cabeza y esa expresión de fastidio elegante que usaba cada vez que yo alteraba alguno de sus planes.
—Renata, no otra vez —dijo con un suspiro—. Llevas días asustando a todos por nada.
Yo tenía el bolso del hospital listo desde hacía más de una semana. La habitación de la bebé estaba terminada. Las sábanas habían sido lavadas dos veces. La silla de lactancia estaba junto a la ventana. Lo único que nadie había preparado era la posibilidad de que el peligro no viniera del parto, sino de la gente que vivía conmigo.
Otro dolor me atravesó por el vientre y me dobló. Las rodillas me golpearon el mármol. Entonces sentí el líquido correr entre mis piernas. Caliente. Imposible de negar.
Levanté la vista.
—Se rompió la fuente —susurré—. Por favor, llama.
Julián me miró. Después miró a su madre.
Ese gesto pequeño, casi automático, me dijo más de nuestro matrimonio que cualquier pelea anterior.
Ofelia se acomodó la correa del bolso y habló con una calma que todavía me persigue en sueños.
—Activa la cerradura digital y la alarma interior. Si la llevamos al hospital, perdemos el vuelo. Y si sale detrás de nosotros, peor.
Durante tres años yo había encontrado excusas para casi todo. Para el hecho de que Ofelia entrara en mi cocina sin avisar. Para que opinara sobre mi ropa, mi trabajo, mis horarios, mi peso, mi embarazo. Para que Julián la llamara antes a ella que a mí. Para que los gastos se mezclaran, las decisiones se aplazaran y mis límites se volvieran negociables. Me había dicho que el amor requería paciencia, que él estaba entre dos mujeres fuertes, que yo también podía ceder un poco. Ese día entendí que no había sido paciencia. Había sido entrenamiento.
El pitido de la cerradura inteligente me devolvió al presente.
Julián la activó.
Luego corrió el seguro manual.
Lo hizo con la mano temblando, sí, pero lo hizo.
Yo lo