que la mala memoria puede exagerar cuando la culpa busca refugio. Patricia aparecía entregándole a Baeza un sobre. Después, en otros archivos, su nombre surgía como representante de una empresa fantasma usada para comprar propiedades a precio de remate.
Cuando Lucía me dijo eso, sentí vergüenza de haber dudado un segundo de Mónica. También sentí alivio, claro, pero un alivio áspero, el que llega mezclado con rabia por el daño ya hecho.
Andrés pidió hablar conmigo desde prisión preventiva. Me negué dos veces. A la tercera fui, no por él, sino por Héctor. Quería mirarlo sin techo de por medio.
Nos sentamos frente a frente en una sala blanca. Tenía ojeras profundas y el nudo de la corbata mal hecho. Por primera vez desde que lo conocí, parecía la edad que de verdad tenía. No me pidió perdón de inmediato. Eso se lo concedo. Los cobardes suelen correr hacia el perdón como si fuera un escondite.
Primero intentó explicar.
Dijo que conoció a Mónica en una comida de trabajo y que lo suyo no empezó como encargo. Dijo que Baeza lo presionó cuando descubrieron que Héctor conservaba copias de mapas catastrales, grabaciones y una libreta donde había unido puntos que no debía unir. Dijo que la visita a la cochera iba a ser un susto, una advertencia, nada más. Dijo que no supo que la falla acabaría matándolo hasta después.
—Y aun así te casaste con mi hija —le dije.
Bajó la cabeza.
—Pensé que podía separar las cosas.
Esa frase me dio más asco que cualquier confesión técnica. Separar las cosas. Como si el amor fuera un cajón y el crimen otro. Como si se pudiera acostar uno con mi hija y, al mismo tiempo, buscar la manera de robar la casa donde ella aprendió a caminar.
—Héctor sí supo separarlas —le respondí—. Separó la verdad de la conveniencia. Por eso tú estás ahí y él no.
Me fui antes de que dijera nada más.
Pasaron los meses. Baeza cayó. La notaría de los Salcedo fue intervenida. Varias familias recuperaron papeles que daban por perdidos y otras descubrieron, demasiado tarde, el tamaño del saqueo. Mi casa quedó asegurada durante semanas por la investigación. Cada sello en la puerta me recordaba que el peligro había dormido bajo mi techo con pantuflas ajenas y modales impecables.
Mónica se separó de inmediato. No hubo escándalo público de telenovela ni platos rotos. Hubo algo peor: un dolor callado, serio, adulto. El tipo de dolor que te sienta a firmar papeles con la espalda recta mientras por dentro te crujen todos los huesos. Tardó mucho en volver a reír. Todavía está tardando.
Lucía, en cambio, se volvió más suave conmigo después de aquella noche. Creo que se sintió culpable por no haber encontrado antes el correo programado de Héctor, perdido durante años en una cuenta vieja. Yo también tuve mi culpa: vivir tan pegada a la costumbre que no vi a tiempo lo que se estaba pudriendo. Al final, la culpa sirve poco si no se transforma en otra cosa. En nosotras se volvió vigilancia amorosa. Ella me llama más. Yo le miento menos.
Un sábado de noviembre, casi un año después, subimos las tres a la azotea con cubetas de pintura, un foco nuevo y una decisión tardía. Vaciamos el cuarto donde Héctor