La palabra salió seca.
Empujé la puerta despacio.
Primero llegó el olor: aceite quemado, ropa húmeda, cereal dulce, encierro.
No era el olor de una casa visitada.
Era el olor de una casa ocupada.
La entrada estaba llena de zapatos.
Unos tenis infantiles con luces.
Sandalias de plástico.
Un par de botas de mujer tiradas de lado.
Sobre el perchero había una sudadera que yo no conocía.
En la mesa del comedor, que había dejado cubierta con una funda para protegerla del polvo, había platos sucios, una caja abierta de galletas y vasos de plástico.
Mi sillón beige tenía una mancha oscura en el brazo.
En la pared del pasillo, alguien había pegado dibujos de niños con cinta transparente.
Uno de los dibujos tenía una familia bajo un sol amarillo enorme.
Yo no podía moverme.
Arturo entró un paso detrás de mí.
—Camila… ¿hay alguien autorizado a estar aquí?
Antes de que pudiera responder, escuché la televisión.
Caricaturas.
Risas grabadas.
Luego una silla arrastrándose en la cocina.
Lucía apareció con una taza en la mano.
Mi prima Lucía era cuatro años menor que yo, aunque siempre había logrado que los demás la trataran como si fuera la más frágil.
Tenía el cabello recogido en una coleta floja, leggings negros y una blusa vieja.
En la mano sostenía mi taza blanca, esa que yo había comprado para celebrar la firma de la escritura.
Decía: Aquí empieza mi paz.
La ironía me dio náuseas.
Lucía no se asustó.
No soltó la taza.
Ni siquiera fingió sorpresa.
—Ay, Camila —dijo, como quien encuentra a alguien llegando demasiado temprano a una comida—.
Llegaste sin avisar.
Detrás de ella, en la sala, sus dos hijos estaban sentados sobre mi alfombra nueva.
Mateo, de siete años, comía cereal de un tazón azul.
Sofía, de cuatro, abrazaba un muñeco y tenía los pies sobre la mesa de centro.
Los niños me miraron en silencio.
Eso fue lo que me hizo contener la primera explosión.
No tenían la culpa.
Pero mi casa tampoco era un refugio que alguien pudiera invadir porque sí.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
Lucía tomó café antes de contestar.
—Viviendo.
Arturo bajó la cámara.
Se quedó junto a la puerta, incómodo, como si hubiera entrado a una escena familiar demasiado íntima.
—Este departamento es mío —dije.
—Lo sé.
—Entonces repito la pregunta.
¿Qué haces aquí?
Lucía puso la taza sobre la barra.
Lo hizo con cuidado, como si la barra también le perteneciera.
—Mi mamá habló con tu mamá.
Dijeron que podía quedarme un tiempo.
Tú no lo estabas usando.
Sentí un golpe de calor en la nuca.
—¿Mi mamá te dio permiso para vivir en una propiedad que está a mi nombre?
—No lo digas así.
Suena horrible.
—Porque es horrible.
Lucía puso los ojos en blanco.
—Siempre dramatizas todo.
Esa frase me llevó de regreso a la infancia.
A Lucía rompiendo mis cosas y llorando primero.
A mi tía Patricia diciendo que yo debía entender porque era mayor.
A mi madre pidiéndome que no hiciera escándalos para no incomodar a la familia.
A todos llamándome egoísta cada vez que me negaba a solucionar un problema que no había creado.
Arturo carraspeó.
—Disculpe —dijo con prudencia—.
¿Tiene usted algún contrato de arrendamiento con la señora Rivas?
Lucía lo miró como si acabara de insultarla.