yo empecé a escuchar todo con demasiada claridad: el ventilador flojo sobre nuestras cabezas, el sonido de la cucharita contra la taza de mi madre, la respiración contenida de Valeria.
—¿Entonces qué hago? —pregunté.
—Resuelve —respondió él—. Siempre dices que puedes con todo.
No hubo abrazo. No hubo explicación después. No hubo un padre entrando a mi cuarto para decir que lo había dicho mal.
Esa noche, mientras en la sala mi madre hablaba de las sábanas nuevas para la residencia de Valeria, yo vendí mi bicicleta por internet. Después puse en venta una cámara vieja que me había regalado mi abuelo y una cadena de oro delgada que mi madrina me dio en mi primera comunión. Abrí formularios de becas hasta que la pantalla me ardió en los ojos.
A las tres de la mañana, encontré una convocatoria para estudiantes de bajos recursos. Pedían promedio alto, carta de motivos y comprobantes de ingresos. También pedían la firma de un padre o tutor.
Me quedé mirando ese requisito hasta que amaneció.
Dos semanas después, me fui al Puerto con dos maletas usadas, una mochila rota y cuatro mil pesos escondidos en un calcetín. Mi padre no me llevó a la terminal. Mi madre dijo que le dolía la cabeza. Valeria me mandó un mensaje con un corazón y una frase que todavía recuerdo: Ojalá encuentres tu camino.
No contesté.
El Puerto no se parecía a nada de lo que yo había imaginado. Era una ciudad salada, ruidosa, con camiones que pasaban lanzando humo azul y edificios que parecían sudar bajo el sol. Renté un cuarto al fondo de una casa donde también vivían un mecánico, una enfermera nocturna y una señora que vendía tamales desde las cinco de la mañana. La ventana no cerraba bien. Cuando llovía, el agua entraba por una esquina y formaba un charco junto a mis zapatos.
Conseguí trabajo limpiando quirófanos en una clínica privada de seis a diez de la mañana. No podía tocar casi nada sin supervisión, pero aprendí los nombres de los aparatos antes que muchos de mis compañeros: bombas de infusión, monitores multiparámetro, ventiladores, desfibriladores. Después corría a clases con olor a desinfectante en las mangas. Por las tardes atendía una papelería frente a la estación de autobuses. Por las noches estudiaba sentada en el suelo porque mi escritorio era una tabla sobre dos cajas.
El primer semestre no fui brillante. Fui resistente.
Hubo días en que me dormí con los apuntes pegados a la mejilla. Días en que conté monedas para decidir si compraba pan o imprimía una guía. Días en que escuché a mis compañeros hablar de viajes, laptops nuevas y departamentos compartidos por sus padres, y sentí una vergüenza que me ardía aunque yo no hubiera hecho nada malo.
Pero también hubo momentos pequeños que me salvaron.
La enfermera de la casa, doña Elvira, me dejaba café en una olla azul cuando volvía tarde. El mecánico, Toño, arregló gratis el cierre de mi mochila con alambre. Una profesora de Cálculo me prestó una calculadora porque vio que la mía se apagaba a media clase.
Aprendí que una familia también podía construirse con gente que no estaba obligada a quererte.
En noviembre llamé a mi casa.
Era domingo. Yo había comprado una tarjeta de teléfono porque mi celular se había