Tomás bajó la mirada.
—Lo sé.
—Eso no vuelve a pasar por arte de magia. Se corrige todos los días.
—Lo sé —repitió, pero esta vez con firmeza.
Saqué una llave del bolsillo del delantal y la puse junto a su taza.
Él la miró sin tocarla.
—No es la de la casa —dije—. Esa propiedad no va a volver a ser hogar para nadie hasta que yo decida qué hacer con ella. Esta es la llave de la bodega vieja de la empresa. Quiero que empieces a revisar los archivos físicos conmigo los sábados. No te estoy regalando nada. Te estoy invitando a trabajar.
Tomás levantó la vista. Tenía los ojos húmedos.
—Gracias.
—No me des las gracias todavía.
—Entonces te doy mi palabra.
Tomé un sorbo de café y miré cómo la luz de la tarde entraba en la terraza.
—Las palabras son baratas, hijo. Pero a veces sirven para empezar.
Él sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, cansada, real.
Y por primera vez en mucho tiempo, cuando me preguntó cómo estaba, supe que de verdad quería saber la respuesta.
Miré el reloj de Ernesto sobre mi muñeca, sentí el calor de la taza entre las manos y respondí con una verdad simple, sin disfraces, sin pruebas, sin silencios útiles.
—Hoy estoy mejor.