condolencias. Uno agradece hasta que le pongan una bolsa en la basura. Claudia se movía por la casa con suavidad medida. Preguntaba dónde guardaba los medicamentos, si tenía copias de las escrituras, cuánto pagaba de impuestos, si había pensado en vivir más cerca de la ciudad. Un mes más tarde, empezó con los folletos. Residencias tranquilas. Complejos senior. Casas más chicas y más seguras. Siempre el mismo tono de falsa sensatez.
—Un lugar así es demasiado para vos sola, Ofelia.
—¿Y si te caés?
—La propiedad debería quedar resuelta en vida, para evitar problemas después.
No hablaba de mi bienestar. Hablaba de la tierra. De las treinta y cuatro hectáreas de ladera, bosque y agua que habían empezado a llamar la atención de los desarrollistas del sur. Algunos ya se habían acercado años antes con propuestas elegantes para levantar cabañas premium, senderos privados, un spa frente a la vertiente. Rafael siempre decía que quien llama para ofrecerte dinero por el paisaje no está comprando belleza, está comprando el derecho a destruirla.
Yo les había dicho que no a todos. Claudia lo sabía. También sabía que, con Rafael muerto, muchos iban a pensar que la viuda sería más fácil.
Me vestí con mi bata de lana gris, me peiné con los dedos y bajé a la cocina. Los faros ya iluminaban los ventanales. El camión estaba estacionado frente al porche como si hubiera venido a cargar un cuerpo. Dos hombres esperaban junto a la escalera, con esa incomodidad muda de quien siente que el trabajo que aceptó no era exactamente el que le describieron. Darío permanecía cerca del galpón, quieto.
Claudia subió los escalones sin tocar la puerta. Llevaba botas caras, un abrigo crema y el rostro perfectamente armado para la escena que venía a interpretar. Victimaria con modales de víctima.
—Ofelia —dijo apenas me vio—. No hagamos esto más difícil.
Yo ya estaba sentada a la mesa. Encendí la lámpara de pantalla amarilla. A mi derecha descansaba la caja de documentos de cedro. La misma en la que Rafael guardó la escritura original, planos, recibos, fotografías y cada papel importante de nuestra vida.
Claudia levantó la carpeta manila que traía bajo el brazo.
—La cesión fue presentada. La propiedad ya está transferida. Estoy tratando de evitarte un mal momento.
La frase me provocó una lástima amarga. La gente como Claudia siempre cree que humillar a otro con cortesía hace menos visible la violencia.
—¿Firmaste la bitácora? —pregunté.
Parpadeó, desconcertada por la pregunta.
—¿Qué importa eso?
—Importa porque dejaste asentado que llegaste a las cinco de la mañana con un camión y una supuesta escritura a desalojar a una mujer que, según vos, ya no vive aquí.
Su expresión se endureció.
—Esta casa es mía.
—No —dije—. Esta casa sigue siendo mía. Y esta mañana es tuya. Para que no puedas negarla después.
En ese momento, las luces azules y rojas empezaron a saltar entre los pinos. Una patrulla dobló abajo del camino. Luego otra. La nieve vieja del borde del sendero devolvió esos reflejos a las ventanas, y la cocina quedó cortada por destellos intermitentes. Darío subió al porche.
—Señora Navarro, llegó la fiscal —anunció.
Abrí la caja de cedro y saqué el expediente que habíamos preparado la noche anterior. Hablo en plural porque, aunque Claudia no lo sabía, yo