Yo le respondí:
—El amor no es esconder medicamentos ni falsificar cuidados para quitarle una hija a su madre.
Nunca volvió a insistir.
Una tarde, casi un mes después, encontramos un sobre debajo de la puerta.
No tenía remitente.
Yo reconocí la letra de Teresa antes de abrirlo.
Mariana estaba sentada en el sofá con Abril dormida en brazos.
Me miró en silencio.
—¿Quieres leerlo? —pregunté.
Mariana observó el sobre durante unos segundos.
Luego negó con la cabeza.
—Hoy no.
No dijo nunca.
No dijo perdono.
No dijo odio.
Dijo hoy no, y esa fue la frase más sana que había escuchado en semanas.
Dejé el sobre en una caja, junto con la llave vieja que mi madre ya no podía usar.
Después fui a la cocina y preparé té para Mariana, uno recomendado por la doctora, no por el miedo de nadie.
Cuando volví, Abril abrió los ojos y movió la boca como buscando leche.
Mariana sonrió cansada.
Era una sonrisa pequeña.
Pero era suya.
Me senté a su lado.
—¿Quieres que la cambie primero?
Mariana me miró.
En sus ojos todavía había heridas, pero también había algo nuevo: espacio.
Aire.
La certeza de que esa casa volvía a pertenecerle.
—Sí —dijo—.
Pero despacio.
Le gusta que le hablen.
Tomé a mi hija con cuidado.
Abril hizo un sonido mínimo, una queja suave, y luego apoyó la mejilla contra mi brazo.
No prometí en voz alta que nadie volvería a mandar sobre ellas.
Las promesas grandes se habían vuelto sospechosas para mí.
Así que hice algo más simple.
Cerré la puerta con llave.
Puse a mi hija sobre el cambiador.
Le hablé bajito mientras Mariana nos miraba desde el sofá.
Y por primera vez desde que Abril nació, el silencio de nuestra casa no fue miedo.
Fue paz.