y el teléfono de mi esposa apagado dentro de una caja de pañuelos.
Sentí ganas de romper algo.
Andrés me pidió calma y empezó a fotografiar todo.
Luego encontré la carpeta verde.
Adentro había copias de identificación, capturas de mensajes de Mariana pidiendo ayuda, fotos del departamento desordenado y un documento de autorización temporal de cuidados a favor de Teresa Andrade.
Abajo estaba la firma de Mariana.
Torcida.
Débil.
Casi irreconocible.
Teresa apareció en la puerta del cuarto.
—Eso no es asunto tuyo.
Me reí una sola vez, sin humor.
—Es mi esposa.
Es mi hija.
Es mi casa.
Todo esto es asunto mío.
—Ella firmó.
—¿Qué le dijiste que firmaba?
Mi madre cruzó los brazos.
—Lo necesario.
Andrés leyó el documento en silencio.
Su cara cambió.
—Nicolás, esto pretende autorizar a tu madre a retirar a la bebé y hacerse cargo de ella si Mariana es considerada incapaz temporalmente.
Lucía se tapó la boca.
Yo miré a Teresa.
—¿Querías llevarte a Abril?
Mi madre no lo negó.
Eso fue peor que cualquier confesión.
—Esa niña necesita estabilidad —dijo—.
Tú trabajas.
Mariana no sirve en este momento.
Yo podía llevármela unas semanas, ordenarlo todo, demostrar que conmigo estaría mejor.
—Tiene trece días.
—Precisamente.
A tiempo se corrigen las cosas.
Comprendí entonces que mi madre no veía a Abril como una nieta.
La veía como una segunda oportunidad para mandar.
Un bebé sin memoria, sin defensa, sin voz.
Un territorio nuevo.
Y Mariana era el obstáculo.
Andrés guardó los papeles en una bolsa transparente que había traído por precaución.
—Teresa, le recomiendo que no toque nada más.
Mi madre lo ignoró y se dirigió a mí.
—Nicolás, mírame.
Tú sabes que yo siempre he querido lo mejor para ti.
—No.
Siempre quisiste que yo creyera eso.
Su expresión se quebró apenas.
No por culpa, sino por cálculo.
Cambió el tono.
—Hijo, estás confundido.
Esa mujer está enferma.
Te va a arrastrar con ella.
Yo solo intenté proteger a mi nieta.
—La protegías dejándola llorar hasta quedarse sin aire.
—La estaba observando.
—La estabas usando para fabricar una acusación.
El silencio que siguió fue pesado.
Entonces Andrés levantó otro objeto de la cómoda: el monitor de bebé.
Yo había comprado uno sencillo, con cámara, para que Mariana pudiera ver a Abril desde la cama.
Mi madre lo había desconectado.
Andrés lo revisó y encontró la tarjeta de memoria todavía adentro.
La conectamos a mi computadora.
El primer video mostró a Mariana sentada en la cama, pálida, intentando amamantar a Abril.
Mi madre estaba de pie frente a ella, fuera de cuadro al principio.
Su voz se escuchaba clara.
—Si llamas a Nicolás por esto, le voy a decir que no puedes con tu hija.
Mariana respondió algo casi inaudible.
Teresa subió el tono.
—No me mires así.
Yo no vine a ser tu empleada.
En esta casa se hace lo que yo digo porque mi hijo no llegó donde está por dejarse mandar por mujeres débiles.
Lucía empezó a llorar de rabia.
Yo no podía moverme.
En otro video, mi madre retiraba el teléfono de la mesa de noche mientras Mariana dormía.
En otro, le ponía una hoja frente a ella y le decía que era para autorizar una visita pediátrica.
Mariana, medio incorporada, firmaba con los ojos entrecerrados.
Ahí estaba.
La