el rostro iluminado por una lámpara cálida.
“Se durmió. Nadó muchísimo”.
La segunda noche, Laura me dijo que no insistiera.
“Mi mamá dice que están cenando con unas amigas”.
La tercera, Inés apareció apenas un minuto en pantalla. Estaba peinada con una trenza apretada, llevaba una blusa blanca con cuello y tenía las manos juntas sobre la mesa.
“Mi amor”, dije, sonriendo para no preocuparla. “¿Cómo estás?”
Ella miró hacia alguien fuera de cámara.
“Bien”.
“¿Te estás divirtiendo?”
“Sí”.
“¿Y el oso?”
Sus ojos se humedecieron apenas.
“No lo uso mucho”.
Antes de que pudiera preguntarle por qué, la pantalla se movió y la voz de doña Elvira entró como una cortina.
“Ya es tarde, Martín. Mañana tiene actividades”.
La llamada se cortó.
Algo me molestó en el pecho, pero lo enterré bajo una explicación razonable. Tal vez Inés estaba cansada. Tal vez doña Elvira era estricta. Tal vez yo era un padre exagerado.
La semana siguiente fue peor. Había excusas para todo.
“Está en pintura”.
“Está bañándose”.
“Salimos por helado”.
“Se quedó dormida en el coche”.
Una noche llamé cuatro veces. Nadie contestó. Cuando Laura llegó a casa, le pregunté si sabía algo.
“Martín, por favor”, dijo, dejando las llaves en la mesa. “No hagas drama. Inés está bien”.
“Solo quiero hablar con mi hija”.
“También es hija mía”.
La frase quedó en el aire más pesada de lo normal.
El domingo del regreso, compré harina, huevos y leche para hacer panqueques feos. Barrí la sala, cambié las sábanas de su cama y puse su taza favorita sobre la mesa. Me sentía ridículo de emoción.
Entonces llegó el coche de doña Elvira.
Y mi hija bajó llamándome “señor Martín”.
Esa noche no hubo panqueques. Inés dijo que no tenía hambre. Se sentó a la mesa con la espalda recta, como si hubiera una regla invisible sosteniéndola. Cuando le pregunté por la alberca, respondió “bien”. Cuando mencioné el gato viejo de su abuela, dijo “normal”. Cuando le pregunté si había pintado algo bonito, miró a Laura.
“Sí”.
“¿Qué pintaste?”
“Flores”.
“¿Me las enseñas?”
“No las traje”.
Laura fingió revisar el celular. Doña Elvira ya se había ido, pero su presencia seguía en la casa como perfume rancio.
Antes de dormir, fui al cuarto de Inés. La encontré sentada en la cama, con el oso guardado dentro del cajón.
“¿Ya no quieres dormir con él?” pregunté.
Inés bajó la cabeza.
“Es de bebés”.
“¿Quién dijo eso?”
“Nadie”.
Me senté en el borde de la cama, dejando espacio entre nosotros.
“Puedes contarme cualquier cosa”.
Ella apretó las sábanas con ambas manos.
“Si cuento cosas, se hacen problemas”.
La frase no sonó suya.
A la mañana siguiente, fingí normalidad. Laura se levantó tarde y se encerró en el baño con el celular. Yo preparé cereal para Inés y puse sobre la mesa su cuaderno de dibujo.
“¿Me dibujas lo que más te gustó de las vacaciones?”
La niña miró el cuaderno como si fuera una trampa.
“No sé”.
“Lo que sea. La alberca, el jardín, un helado”.
Se quedó callada, pero tomó un crayón negro.
Tuve que salir a hacer un servicio corto. Cuando regresé, el cuaderno ya no estaba en la mesa. Lo encontré por la tarde, escondido debajo de su almohada.
La hoja me dejó sin respiración.
No había flores. No