me pertenecía interrumpir.
A las nueve de la mañana siguiente, entré al juzgado con un traje oscuro y la rabia bajo la piel. Ramiro estaba en el pasillo, impecable, camisa blanca, reloj caro, expresión de preocupación ensayada. Al verme, abrió los brazos.
“Adrián. Me alegra que hayas venido”.
No le di la mano.
Sus ojos bajaron un segundo a mis dedos vacíos, luego volvieron a mi cara.
“¿Dónde está Lucía?”
“Segura”.
Sonrió apenas.
“Siempre tan dramático”.
La audiencia empezó en una sala pequeña. Ramiro presentó informes sobre mi supuesto deterioro emocional, ausencias en juntas, decisiones erráticas. Un psicólogo que yo apenas recordaba habló de depresión prolongada. Un contador mencionó movimientos financieros que, según él, demostraban negligencia. Todo estaba armado con paciencia.
Yo escuché en silencio.
Cuando llegó el turno de Clara, ella se puso de pie con una calma feroz.
“Su señoría, antes de discutir la capacidad del señor Salvatierra, debemos atender un hecho que altera por completo la base de esta solicitud”.
Ramiro frunció el ceño.
Clara dejó sobre la mesa un expediente médico.
“La esposa del señor Salvatierra, doña Valeria Ríos de Salvatierra, no murió hace dos años”.
La sala quedó muda.
Ramiro no se movió, pero vi cómo su mandíbula se tensó.
“Eso es absurdo”, dijo.
Clara continuó.
“Fue localizada ayer con vida, en estado grave, con señales de privación prolongada de la libertad. Ya rindió una primera declaración ante autoridad competente”.
El juez levantó la vista.
“¿Está usted afirmando que el acta de defunción es falsa?”
“Estoy afirmando que fue construida sobre una identificación fraudulenta y posiblemente sobre la muerte o desaparición de otra persona”.
Ramiro se puso de pie.
“Esto es una maniobra desesperada. Adrián encontró a una indigente y ahora pretende convertirla en su esposa muerta”.
Entonces Clara mostró la fotografía de la casa blanca.
“También contamos con evidencia que vincula al promovente, señor Castañeda, con el médico que certificó aquella muerte”.
Por primera vez, Ramiro me miró sin máscara.
No había amistad en su cara. Solo odio.
“No sabes lo que estás haciendo”, dijo en voz baja.
“Estoy despertando”, respondí.
La audiencia se suspendió. Afuera, dos agentes esperaban. Ramiro intentó salir hablando por teléfono, pero el comandante que Clara había llamado le cerró el paso.
“Señor Castañeda, necesitamos que nos acompañe”.
Ramiro sonrió como si aún pudiera comprar el mundo.
“Con gusto. Solo llamaré a mi abogado”.
“Lo hará desde la fiscalía”.
Fue entonces cuando perdió el control. No gritó, pero se acercó a mí lo suficiente para que solo yo escuchara.
“Ella no va a resistir declarar. Está rota. Y tú también”.
Lo miré a los ojos.
“Nos rompiste, sí. Pero no nos enterraste”.
Esa misma tarde catearon la casa blanca en Tecali. Encontraron medicamentos, cuerdas, ropa de mujer, documentos falsificados y registros de pagos al doctor Leal. No encontraron a Inés.
Durante varios días, esa ausencia fue otra herida abierta.
Valeria se recuperaba lentamente. Comía poco, dormía con sobresaltos, se sobresaltaba cuando alguien cerraba una puerta. Lucía no se separaba de ella. Yo aprendí a no pedir perdón cada cinco minutos y a demostrarlo de otra manera: estando, escuchando, no decidiendo por ella.
Una semana después, Clara llegó a la clínica con una noticia.
Habían localizado a Marta, la mujer que alimentaba a Valeria durante el encierro. La encontraron intentando salir