de vino.
—La mandé arreglar con la señora que reparaba los trajes de mamá —dijo—. Me dijo que algunas manchas no se quitan del todo. Que solo se aprende a coser alrededor.
Miré la chaqueta. Luego a mi hermana.
—Eso suena a ella.
Inés sonrió apenas. La sonrisa le duró poco.
—Leí tu reporte completo. El original.
No respondí.
—No entendí todos los términos, pero entendí las fotos. Entendí que si tú no hubieras insistido, alguien podría haber muerto.
El patio de la estación olía a diésel, lluvia vieja y café. Un camión salió con la sirena encendida. Las voces de mis compañeros se perdieron hacia la avenida.
—Yo quería que me eligieran —dijo Inés—. Papá. Mateo. La gente. No me importó quién quedaba fuera mientras yo estuviera adentro.
—Yo quedé fuera muchas veces.
—Sí.
Esa palabra, sola, hizo más que cualquier disculpa larga.
Tomé la chaqueta.
—No sé qué vamos a ser después de esto.
—Yo tampoco.
—Pero no vuelvas a tocar mis medallas.
Inés soltó una risa pequeña, rota.
—Nunca.
Nos quedamos de pie frente a la estación, sin abrazarnos, sin música, sin final de película. Ella con las manos vacías. Yo con el uniforme limpio sobre el brazo y el collar de mi madre guardado en el puño.
Antes de entrar, miré el cielo. Había nubes pesadas sobre la ciudad, pero entre ellas se abría una línea de luz.
No era perdón.
No todavía.
Era algo más difícil y más honesto: la posibilidad de construir sin mentiras.
Y esa vez, antes de poner un pie dentro de la estación, supe que ninguna familia, ningún apellido y ningún salón lleno de gente volvería a decirme dónde pertenecía.