de esa reunión.
Inés miró la pantalla y abrió la boca.
—No.
Mateo se volvió hacia ella, no para protegerla, sino para medir cuánto podía culparla.
En el video, Inés dejaba la carpeta roja sobre la mesa. Mateo la abría. Mi padre sonreía. La cámara no captaba bien el contenido, pero sí una hoja con un sello visible de Protección Civil.
Y una firma.
Mi firma.
El salón entero pareció inclinarse hacia mí.
—Catalina… —dijo Inés.
No sonaba orgullosa. Sonaba pequeña.
La fiscal Robles la miró.
—Señorita Rivas, ¿usted entregó esa carpeta?
Inés no respondió.
Mi padre habló por ella.
—Mi hija no está obligada a contestar nada sin asesoría.
—Correcto —dijo Robles—. Pero puede hacerlo si desea aclarar por qué tenía en su poder un dictamen alterado antes de que fuera cargado al sistema.
Inés me miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero yo ya no sabía qué significaban. Mi hermana lloraba cuando quería un vestido, cuando papá la contradecía, cuando una amiga no la invitaba a un viaje. También lloró en el hospital el día que mamá murió. Yo había aprendido que las lágrimas pueden salir de lugares muy distintos.
—Yo no sabía —dijo al fin.
Mateo cerró los ojos un segundo.
—Inés.
—No sabía qué era —insistió ella, mirándome a mí—. Papá me dijo que era un trámite. Que tu firma estaba mal puesta y que había que corregirlo antes de que Mateo perdiera inversionistas.
Mi padre golpeó la mesa más cercana.
—¡Cállate!
El grito rompió la última capa de elegancia.
Los invitados retrocedieron. Una copa cayó. La madre de Mateo comenzó a rezar entre dientes. Mi padre, que jamás alzaba la voz en público, acababa de mostrarse entero.
Inés tembló, pero siguió.
—Me dijiste que Catalina estaba confundida. Que no entendía cómo funcionaban los permisos. Me dijiste que si no ayudaba, la boda se iba a cancelar y la culpa sería de ella.
—Porque era verdad —dijo mi padre.
Yo no reconocí mi propia voz cuando hablé.
—¿Firmaste por mí?
Inés negó con la cabeza desesperada.
—No. No, Cata. Te lo juro. Yo solo llevé la carpeta.
—¿A quién?
Ella miró a Mateo.
Mateo dejó de fingir.
Su rostro se endureció como concreto seco.
—Ya basta. Todos aquí saben cómo son estas cosas. Los proyectos grandes tienen ajustes. Los permisos tienen tiempos. Una grieta no significa tragedia.
—Una grieta en un render no —dije—. Una columna sin refuerzo sí.
—Tú no eres ingeniera estructural.
—Pero sé sacar gente de escombros.
Esa frase cayó sobre el salón y trajo consigo algo que nadie había querido recordar: el incendio de San Jerónimo. Un almacén ilegal convertido en guardería nocturna. Veintiséis personas atrapadas. Yo entré tres veces. Saqué a siete. Perdimos a dos. Después, mi familia me sentó en una gala parecida a esta para recibir aplausos y donativos. Mi padre se tomó fotos junto a mi casco manchado de hollín.
Esa misma noche, en el auto, me dijo:
—No hables tanto con la prensa. Te ves alterada.
Alterada. Esa era la palabra que usaban para cualquier mujer que no aceptaba tragarse el fuego.
La fiscal hizo una señal. Los agentes se acercaron a Mateo.
—Señor Aranda, necesitamos su teléfono.
—No sin orden específica.
Robles sacó otra hoja.
—Aquí está.
Mateo miró a mi padre. Mi padre miró