del nuevo programa legal del fondo Duarte. Teresa seguía allí. Me recibió con una sonrisa torcida.
—Mira nada más —dijo—. La señora que aprendió a observar.
Le llevé libros, abogados y una promesa concreta, no de esas que se dicen para calmar conciencias.
Al salir, la misma reja se abrió frente a mí. Esta vez no llovía. El sol caía sobre el asfalto y hacía brillar los charcos viejos que todavía quedaban junto a la banqueta.
Mariana me esperaba en el auto con dos cafés. Verónica estaba al teléfono, discutiendo con un fiscal como si el mundo fuera un expediente que se negaba a acomodarse.
Me detuve un segundo antes de subir.
Durante mucho tiempo pensé que la libertad sería un portón abriéndose, un juez corrigiendo una sentencia, un hombre esposado frente a todos.
Pero no.
La libertad fue más silenciosa.
Fue mirar atrás y no sentir la necesidad de que Esteban pidiera perdón para poder seguir caminando.
Me ajusté el reloj de mi madre, respiré hondo y subí al auto.
Esta vez, no me alejaba de una prisión.
Me alejaba de la mujer que él creyó que podía destruir.