Servicios Integrales, constituida seis meses antes por un hombre que había sido chofer de Esteban. A las 11:47 recibí una llamada de Mariana.
—Inés, en las noticias dicen que Paula está grave.
Fui a la clínica de inmediato.
Al llegar, había policías en el pasillo, médicos entrando y saliendo, y Esteban sentado en una silla con la camisa manchada de algo oscuro. Se levantó al verme. Por un segundo creí que iba a abrazarme.
En cambio, señaló hacia mí.
—Ella fue.
No entendí.
Luego llegaron las esposas.
Según la acusación, yo había entrado al cuarto de medicamentos de la suite privada donde atendían a Paula y había sustituido una ampolla de progesterona por un anticoagulante adulterado. Paula sufrió una hemorragia, cayó junto a la cama y perdió al bebé. La cámara del pasillo me mostraba entrando a esa zona.
La imagen era borrosa, pero mi abrigo rojo era inconfundible.
Yo nunca había estado allí.
Ese abrigo llevaba una semana en mi casa.
Durante el juicio, Esteban declaró que nuestro matrimonio estaba roto desde hacía meses. Dijo que yo lo había amenazado por su relación con Paula. Dijo que había encontrado mensajes agresivos en mi computadora. Dijo que me vio salir del pasillo de servicio con las manos temblando.
Todo era falso.
Pero Esteban conocía el poder de una mentira bien vestida.
La enfermera de turno, Alma Salcedo, desapareció antes de declarar. El guardia que supuestamente revisó las cámaras renunció y se mudó. La directora de la clínica dijo no recordar quién ordenó cambiar el disco de seguridad. Y mi abogado, recomendado por un socio de Esteban, me pidió aceptar un acuerdo.
—Una condena menor —dijo—. Con buena conducta, sale pronto.
—No cometí nada.
Él evitó mirarme.
—A veces la verdad no alcanza.
La única vez que Esteban me visitó en la celda de detención, todavía olía a perfume caro y a triunfo. Se acercó a los barrotes con las manos en los bolsillos.
—Tus acciones —dijo sin saludar—. Firma el poder de venta y haré que tu estancia sea menos desagradable.
—¿Qué le pasó realmente a Paula?
Su mandíbula se tensó. Fue rápido, casi nada, pero yo llevaba años auditando hombres que sonreían mientras escondían cuentas.
—Paula perdió un hijo por tu culpa.
—Yo no estaba ahí.
—Eso ya no importa.
Entonces entendí que la condena no era el objetivo. Era el instrumento. Mientras yo estuviera presa, Esteban podía presionar a mi familia, bloquear mis cuentas, convencer al consejo de que yo era un riesgo y tomar control de la empresa que mi padre había construido durante treinta años.
—Mi padre confió en ti —le dije.
Esteban se inclinó hacia mí.
—Tu padre era un sentimental. Por eso murió dejando poder en manos de una mujer que cree que la moral paga nóminas.
La prisión me recibió con ruido. Rejas, pasos, gritos, llaves, metal golpeando metal. La primera noche dormí sentada, con los zapatos puestos y una foto arrugada de mi padre dentro del sostén. A la tercera semana dejé de esperar cartas. Al segundo mes dejé de preguntar por mi apelación. Al cuarto, una interna llamada Teresa me enseñó que sobrevivir era una disciplina.
—Aquí no gana la más fuerte —me dijo mientras doblábamos sábanas en la lavandería—. Gana la que observa.
Observé.
Observé qué guardia recibía sobres. Qué