habló?
Nadie contestó.
—Bien —dijo él con una calma peor que cualquier grito—. Entonces le informo a todos los presentes que ya di aviso al 911, a la fiscalía y al hospital San Jerónimo. Y también notifiqué a una funcionaria que conoce muy bien esta familia.
En ese instante sonó el timbre.
Verónica, que hasta ese momento no había aparecido en la cocina, se giró hacia la entrada con una rigidez helada. Fue ella quien abrió.
Aparecieron dos agentes uniformados y una paramédica con equipo de urgencias.
Detrás de ellos entró un hombre de traje oscuro que yo reconocí de inmediato: el secretario particular de mi padre.
Ofelia retrocedió un paso.
—Esto es una humillación —dijo.
Verónica la miró con algo parecido al desprecio.
—No, mamá. Esto se llama consecuencia.
Las palabras flotaron en la casa como un cristal rompiéndose.
La paramédica me sostuvo por la cintura y me ayudó a sentarme en el piso con cuidado. Me tomó la presión, revisó el sangrado, tocó mi abdomen. Su expresión se tensó.
—Necesitamos moverla ya.
—Yo voy con ella —dijo Nicolás al fin, reaccionando.
—No —respondió Verónica.
Todos volteamos a verla.
Ella dio un paso al frente, sacó su credencial y habló con una claridad quirúrgica.
—Por protocolo, y dada la posible comisión de un delito, la señora Mariana Valdés de Salvatierra será acompañada por personal médico y policial. Usted se queda aquí.
—Soy su esposo.
—Precisamente.
Nicolás abrió la boca, pero no encontró nada que decir.
Mientras los paramédicos me ponían una vía y me preparaban para trasladarme, uno de los agentes empezó a fotografiar el lugar. Los pedazos del plato. La sangre en el suelo. La posición de la silla. Mi delantal. El teléfono en la mano de Nicolás.
—Eso no pueden hacerlo sin orden —soltó él, recuperando por fin su voz de abogado.
Verónica ni siquiera parpadeó.
—Prueba a discutirlo cuando terminen de leerte tus derechos.
Fue entonces cuando comprendí que aquello no había empezado esa noche.
Había algo más antiguo latiendo debajo de la superficie. Algo que Verónica ya sabía. Algo que mi padre sospechaba. Y de pronto entendí también por qué ella siempre llegaba tarde y se iba temprano. Por qué evitaba mirar demasiado a su madre. Por qué me había escrito dos días antes preguntando si iba a estar bien.
Ella sabía lo que esa casa era capaz de hacer.
La ambulancia olía a plástico, alcohol médico y lluvia. Empezaba a llover mientras me subían. Desde la camilla vi por última vez la fachada impecable de la casa de los Salvatierra, con sus columnas iluminadas y sus ventanas perfectas. Desde fuera seguía pareciendo un hogar respetable.
Me estremecí.
La paramédica tomó mi mano.
—Necesito que me hables. ¿Tu nombre?
—Mariana Valdés.
—¿Semanas de embarazo?
—Treinta.
—Muy bien. Sigue conmigo.
En el trayecto, mi padre me llamó por videollamada. Esta vez no estaba solo. A su lado vi a la doctora Montalbán, jefa de obstetricia del San Jerónimo, y detrás de ellos a una mujer de traje que reconocí vagamente del tribunal.
—Estoy llegando —me dijo él—. Escúchame bien. Pase lo que pase en el hospital, tú no vas a volver a esa casa.
Quise responder. Solo pude llorar.
No de tristeza.
De agotamiento.
Del tipo de alivio que duele porque llega después de demasiado tiempo.