charolas y sonreí cuando las señoras me preguntaban si estaba emocionada por “darle un heredero” a Nicolás. Cuando por fin todos tuvieron comida enfrente, busqué una silla vacía junto a la esquina de la mesa.
Ofelia la ocupó con su bolso.
—Come en la barra —ordenó—. Aquí ya no cabemos.
Sí cabía.
Todos lo sabían.
Me fui a la cocina porque sentí que, si discutía, iba a llorar. Y yo ya no quería darles ese espectáculo.
Comí de pie dos bocados de arroz y uno de ensalada. El bebé se movía inquieto. Luego vino el dolor. Agudo. Profundo. Un latigazo que me bajó por la espalda y me obligó a apoyar la palma abierta sobre el vientre.
Miré la silla de la esquina, ya vacía porque la tía de Nicolás había ido al baño.
Caminé hacia ella.
Ofelia se atravesó.
—Esa silla es para Gloria.
—Necesito sentarme —dije.
—No te vas a desmayar por unos minutos.
—Ofelia, por favor.
Mi voz salió tan baja que casi me avergonzó. Ella lo notó. Las personas como Ofelia siempre notan el instante exacto en que alguien está demasiado cansado para defenderse.
Me puse de lado para pasar.
Ella me empujó.
No fue un accidente.
No fue un movimiento torpe.
No fue un roce.
Fue la mano firme en mi hombro y el impulso seco que me lanzó contra la encimera.
Luego llegó la sangre.
El resto ocurrió rápido y lento a la vez. Mis rodillas temblando. El borde del mueble clavándose en la cadera. Un zumbido en los oídos. La sensación de que el aire se había vuelto demasiado espeso para entrar en mis pulmones.
—Llama a una ambulancia —repetí.
Y Nicolás me quitó el teléfono.
—Soy abogado. No vas a ganar nada inventando historias.
Lo siguiente fue la llamada.
Él abrió mis contactos. Buscó “Papá”. Marcó en altavoz, aún con esa sonrisa incrédula en la boca.
—Señor Valdés —dijo cuando contestaron—, habla Nicolás Salvatierra, el esposo de Mariana. Tuvimos un incidente menor y su hija está alterada.
La respuesta llegó inmediata.
—No cuelgue. Ponga la cámara hacia Mariana. Ahora.
La voz de mi padre atravesó el comedor entero.
No era alta.
No necesitaba serlo.
Nicolás frunció el ceño.
—Mire, no creo que—
—Ahora —repitió mi padre.
Algo cambió en la cara de mi esposo. Tal vez el tono. Tal vez la costumbre de obedecer a ciertas clases de autoridad. Tal vez la intuición repentina de que acababa de entrar en un terreno que no conocía.
Levantó el teléfono. La cámara me enfocó. Mi padre vio mi vestido manchado, mi mano sobre el vientre, el piso, los fragmentos del plato.
—Mariana —dijo—, escúchame. Vas a apoyarte del lado izquierdo. No cierres los ojos. Ya viene una ambulancia. Respira conmigo.
Lo hice.
Porque si escuchaba a alguien esa noche, sería a él.
Después habló con Nicolás, pero ya no como padre. Como magistrado.
—Soy Esteban Valdés, presidente de la Sala de Disciplina Judicial. Esta llamada está siendo grabada. Lo que estoy observando constituye una posible agresión contra una mujer embarazada, omisión de auxilio y posible destrucción de evidencia. Si alguien toca el teléfono de mi hija o altera la escena antes de que lleguen los peritos, responderá también por obstrucción.
Nicolás quedó inmóvil.
Ofelia palideció.
—Eso es ridículo —murmuró.
Mi padre la escuchó.
—¿Quién