me pidió transferir porque, según ella, la liquidez de mi padre estaba momentáneamente comprometida. La cancelación de mi habitación al llegar, como forma de dejarme vulnerable, avergonzada y cansada.
Querían negociar conmigo desde el suelo.
No habían calculado que el suelo ya no era suyo.
Media hora después, mi madre pidió verme a solas.
Entró en la villa con una sonrisa nueva, la sonrisa que usaba cuando necesitaba parecer maternal delante de testigos. Solo que allí no había testigos.
—Vera, mi amor, esto se salió de proporción.
—No. Esto estaba planeado.
Se sentó sin permiso, acomodó la falda y miró alrededor, como si incluso en ese momento estuviera evaluando el valor de cada mueble.
—Tu padre está nervioso. Nada más. Todo esto puede resolverse en familia.
—La familia me dejó sin cuarto después de cobrarme el viaje.
—No seas dramática. Queríamos hablar contigo con calma. Sin tus ataques.
—¿Firmar qué?
Su mandíbula se tensó apenas.
—Un poder limitado. Un trámite. La empresa es demasiado grande para alguien como tú.
Alguien como tú.
Esa frase me había seguido desde niña. Cuando dije que quería estudiar administración hotelera y mi padre se rió porque, según él, yo no tenía cabeza para negocios. Cuando pedí apoyo para una maestría y me dijo que primero demostrara que podía sostener una vida normal. Cuando abrí una pequeña consultora para hoteles boutique y mi madre comentó delante de sus amigas que aquello era un hobby con facturas.
—La abuela pensaba distinto —dije.
Mi madre dejó caer la máscara por un segundo.
—Tu abuela siempre te consintió porque te veía frágil.
—No. Me eligió porque yo nunca necesité aplastar a nadie para sentirme importante.
Se levantó de golpe.
—No destruyas a tu propia sangre por orgullo.
—No los estoy destruyendo. Solo dejé de cubrirlos.
Antes de irse, se volvió desde la puerta.
—Si haces esto, no habrá vuelta atrás.
—Hace años que no la hay.
Más tarde encontré a Inés cerca de la piscina infinita. Tenía los labios tensos, el maquillaje intacto y los ojos demasiado abiertos.
—¿Estás feliz? —me preguntó—. ¿De verdad arruinarme esto te hace feliz?
—Tú me quitaste la habitación.
—Era logística. No todo es personal.
La miré en silencio hasta que ella sostuvo apenas dos segundos antes de apartar la vista.
—También era personal —admitió—. Siempre tenías que aparecer para hacer sentir mal a todos. En el homenaje, en la casa, en todas partes.
—¿Decir que la abuela fundó la empresa te hizo sentir mal?
—No entiendes cómo funciona este mundo.
—No. Lo entiendo perfecto. Funciona mejor cuando nadie contradice una mentira bien vestida.
Tomás apareció justo entonces, quizá atraído por el tono o por la intuición de que llevaba horas sin enterarse de la historia real. Se detuvo a pocos pasos.
—¿Qué iba a firmar Vera? —preguntó.
Inés no respondió.
—¿Qué iba a firmar? —repitió él.
—Un poder operativo —dije yo—. Para que mi padre controlara la empresa que mi abuela me dejó.
Tomás frunció el ceño. No parecía hombre de escándalos; parecía hombre de números.
—Tu papá me habló ayer de una oportunidad para invertir en una proveedora nueva. Costa Brava Servicios. Dijo que estaba respaldada por el grupo.
Beatriz, que acababa de acercarse a buscarme, se detuvo al oír el nombre.
Nos miramos.
—Está en el expediente —murmuró.
Fue el