En la parte baja aparecían tres firmas. La de Esteban Ríos. La del fundador anterior de Volterra. Y una firma como testigo de recepción.
Renata Luján.
El rostro de Tomás se descompuso.
—Licenciada… usted sabía.
Renata se volvió hacia él con furia.
—Cuidado con lo que dices.
—Usted firmó —insistió él, con la voz temblando pero firme—. Usted estaba aquí cuando dejaron el coche.
—Yo era una asistente. Firmaba lo que me ponían enfrente.
Mateo soltó una risa sin alegría.
—Curioso. Porque también firmó la autorización para moverlo a inventario vendible hace seis meses.
El abogado sacó otro documento.
Renata dio un paso atrás.
—Eso fue un error administrativo.
—No —dijo Claudia, abriendo otra carpeta—. Fue una sustitución de folios. El documento de resguardo se retiró del archivo físico y se reemplazó por una cesión falsa. La tinta de la firma de Esteban no corresponde con la fecha, el papel no es de la época y el sello notarial pertenece a una notaría que cerró tres años antes de la supuesta cesión.
Cada palabra empujaba a Renata contra una pared invisible.
El cliente del convertible negro dejó el catálogo sobre una mesa. La clienta junto a él murmuró que quería retirarse. Nadie se movió todavía. Había algo hipnótico en ver caer a una persona que segundos antes parecía intocable.
Renata cambió de estrategia.
Miró a Mateo con una expresión que quiso ser compasiva.
—Entiendo que esto es emocional para usted. Pero no arruine una empresa por un resentimiento de infancia. Volterra tiene empleados, familias, contratos. Podemos llegar a un acuerdo. Una compensación. Una disculpa pública, si eso necesita.
Mateo la escuchó sin interrumpir.
Cuando ella terminó, él levantó la chamarra manchada con dos dedos.
—¿Una disculpa pública por el café?
Renata tragó saliva.
—Por todo lo que haya ocurrido.
—Mi padre murió creyendo que yo tendría algo de mi madre cuando fuera adulto. Usted ayudó a esconderlo. Luego intentó venderlo. Y hace cinco minutos me humilló porque creyó que yo era pobre.
La voz de Mateo no subió. Por eso dolía más.
—No es resentimiento. Es memoria.
El abogado se adelantó.
—Señora Luján, por instrucción del accionista mayoritario, queda separada de sus funciones de manera inmediata mientras se presenta la denuncia correspondiente por falsificación, administración fraudulenta y uso indebido de bienes bajo resguardo.
Renata abrió la boca, pero no salió nada.
Dos guardias de seguridad de la propia galería se acercaron con torpeza. Hasta hacía unos minutos le obedecían a ella. Ahora no sabían si mirarla a los ojos.
—No me van a sacar de mi sala —dijo Renata, recuperando de golpe el tono afilado—. Yo levanté esta marca.
Mateo negó con la cabeza.
—No. Mi padre levantó los motores que ustedes vendieron como milagros. Los mecánicos levantaron los autos que ustedes presumieron en revistas. Las secretarias sostuvieron a clientes que ustedes ignoraron. Los empleados levantaron esta marca. Usted solo aprendió a cerrarles la puerta.
Tomás bajó la mirada.
Otros empleados también.
Porque era verdad. Todos recordaban a técnicos comiendo de pie en la bodega, lavadores trabajando hasta medianoche antes de una entrega, choferes esperando horas sin que nadie les ofreciera agua. Volterra era elegante en la sala y dura en los pasillos. Renata no había inventado esa crueldad, pero la había perfeccionado.
Ella miró a su alrededor buscando aliados.