El primer charco de lodo cayó sobre el mármol blanco y todos en la Galería Volterra giraron la cabeza como si alguien hubiera roto una copa de cristal en medio de una misa.
La sala principal, ubicada en una de las avenidas más exclusivas de San Pedro Garza García, parecía diseñada para que la gente hablara en voz baja. Muros de vidrio de doble altura, luces frías sobre carrocerías perfectas, sillones de piel color humo y un aroma permanente a cuero nuevo, café caro y dinero antiguo.
En el centro, sobre una plataforma giratoria, descansaba un coupé color champaña. No era el auto más rápido ni el más moderno del lugar, pero todos lo miraban como si tuviera algo sagrado. Las líneas bajas, la parrilla cromada y los faros redondos parecían pertenecer a otra época. Un letrero discreto, colocado a cierta distancia, decía que era una pieza de colección.
Entonces entró Mateo Ríos.
Llevaba una chamarra impermeable amarilla, pantalón de mezclilla manchado de grasa y botas cubiertas de tierra rojiza. Traía el rostro mojado por la lluvia, la barba oscura pegada al mentón y una caja metálica bajo el brazo. Parecía un técnico de mantenimiento, un hombre llamado para arreglar una fuga o revisar una puerta automática.
Pero Mateo no iba perdido.
Avanzó con calma por la sala, dejando una línea irregular de huellas húmedas detrás de él. Los vendedores se miraron entre sí. Una recepcionista dejó de escribir en su tableta. Dos clientes, una pareja de mediana edad que observaba un convertible negro, se apartaron apenas, como si el lodo pudiera saltar hasta sus zapatos.
Mateo llegó a mitad del salón antes de que alguien lo detuviera.
Renata Luján apareció desde la oficina de cristal del segundo nivel y bajó la escalera con una rapidez elegante. Tenía un traje blanco impecable, el cabello recogido sin un solo mechón fuera de lugar y una sonrisa que no alcanzaba los ojos. Era la directora comercial de Volterra, una mujer conocida por cerrar ventas millonarias sin levantar la voz.
Ese día sí la levantó.
—Disculpe —dijo, interponiéndose en su camino—. ¿A dónde cree que va?
Mateo sostuvo la caja contra su costado.
—Tengo una cita.
Renata lo miró de arriba abajo. Sus ojos pasaron por la chamarra manchada, los pantalones, las botas, el barro sobre el mármol. Luego miró la caja metálica, abollada en una esquina, como si fuera un objeto contaminado.
—La entrada de proveedores está por atrás.
—No soy proveedor.
La respuesta, tranquila y seca, hizo que varios empleados levantaran la vista.
Renata ladeó la cabeza. Por un instante sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era la mueca de alguien que cree haber encontrado una molestia pequeña y fácil de quitar.
—Señor, este no es un taller. Esta sala recibe clientes con cita privada. Le pido que salga antes de que seguridad tenga que acompañarlo.
Mateo respiró despacio.
—Mi cita es con la administración general.
—La administración general no recibe gente vestida así por la puerta principal.
Un silencio incómodo se extendió por el salón. La pareja del convertible fingió revisar un catálogo. Un vendedor joven, Tomás, apretó la mandíbula, pero no se movió. Conocía a Renata. Todos la conocían. Nadie contradecía a Renata frente a clientes.
Mateo bajó la vista a sus botas, luego la levantó de nuevo.