Ricardo bajó la vista.
Nicolás dio un paso adelante.
—No vuelvan a tocar un solo papel mío sin que yo lo sepa —dijo—.
En la universidad el contacto principal será mi mamá.
Y si algún día quiero agregar a alguien más, lo decidiré yo.
Mónica hizo un gesto de incredulidad.
—Después de todo lo que hemos hecho por ti…
Mi hijo soltó una risa breve, seca.
—Ése es el problema.
Siempre hablan de lo que hicieron por mí cuando en realidad hablaban de cómo querían verse.
No hubo respuesta a eso.
Las consecuencias empezaron en pequeño, pero se sintieron enormes.
La secretaria del plantel pidió una copia del formulario.
Emilia guardó el sobre de la beca y anotó detalles de la llamada a recepción.
El director, repentinamente diligente, me ofreció una disculpa formal por no verificar el cambio de lugares.
Varios maestros se acercaron a decirme que Nicolás siempre hablaba de mí cuando le preguntaban por su disciplina.
Una madre que no conocía me abrazó y me dijo al oído que ojalá algún día su hijo tuviera esa valentía.
Ricardo se quedó parado unos metros más atrás, fuera de todas las conversaciones, sosteniendo una foto familiar que alguien le había puesto en la mano y que ya no sabía dónde guardar.
Mónica empezó a llamar a su sobrina, a sus padres, a cualquiera que le permitiera salir de ahí sin parecer que estaba huyendo.
Pero eso era exactamente lo que estaba haciendo.
Nicolás se tomó la foto oficial con sus compañeros, luego otra con Emilia, otra con Julia y finalmente una conmigo.
En esa imagen yo tengo los ojos hinchados, el cabello un poco suelto y la blusa arrugada de tanto apretar el cordón de honor.
Nicolás está sonriendo de verdad, por primera vez en toda la mañana.
Cada vez que la veo pienso lo mismo: no es una foto bonita.
Es una foto justa.
Creí que lo peor había pasado, pero todavía faltaba el estacionamiento.
Salíamos ya hacia el coche de Julia cuando Ricardo nos alcanzó entre filas de autos calientes por el sol.
—Ana, espera —dijo—.
Tenemos que hablar como adultos.
Julia soltó un resoplido.
—Curioso que te acuerdes hoy.
Yo levanté una mano para que se callara.
Quería escuchar qué excusa elegía.
Ricardo se pasó la lengua por los labios.
—Mónica… exageró.
Yo no sabía lo de la llamada de hoy.
Nicolás, que venía a mi lado con la toga abierta y el diploma en la mano, respondió antes que yo.
—Pero sí sabías lo del sobre.
Ricardo no lo negó.
—Pensé que se había abierto por accidente.
—Estaba escondido en un cajón de manteles —dijo Nicolás—.
Y cuando te pregunté, me dijiste que no había llegado nada importante.
El viento movió un papel en el parabrisas de un coche cercano.
Nadie habló durante dos segundos larguísimos.
Entonces Ricardo hizo lo que siempre había hecho cuando se veía encerrado: intentó rebajar el daño.
—Sólo eran dos días.
Vi a mi hijo quedarse completamente quieto.
—Dos días que casi me cuestan la residencia universitaria —respondió—.
Dos días que le devolvieron la tranquilidad a ustedes y me la quitaron a mí.
No vuelvas a decir sólo.
Ricardo quiso acercarse, pero Nicolás dio un paso atrás.
—Te quiero porque eres mi padre —dijo—.
Pero ya no voy a permitir que