Uno de los abogados dejó una carpeta sobre la mesa. Al abrirla, Clara vio copias de contratos, estados de cuenta y documentos notariales. Su nombre aparecía en varias páginas. Su firma también.
Pero ella jamás había firmado nada de eso.
—¿Qué es esto? —preguntó.
El anciano suavizó la voz.
—Mi nombre es Tomás Villalba. Fui abogado de su abuelo, don Emilio Robles. Él la buscó durante años después de la muerte de su madre. Cuando por fin encontramos su rastro, usted ya estaba comprometida con el señor Aranda.
Clara tragó saliva.
—Mi abuelo murió cuando yo era niña.
—No —dijo Tomás—. Murió hace dieciocho meses.
La frase abrió un hueco en la habitación.
Clara oyó el murmullo de una fuente que no existía. Vio otra vez el patio azul. Recordó a una mujer joven corriendo con ella bajo la lluvia. Recordó un hombre de bigote blanco levantándola en brazos y diciéndole “mi luciérnaga”.
—Me dijeron que no tenía familia —susurró.
Tomás apretó los labios.
—Eso le dijeron muchas personas. Algunas por negligencia. Otras por conveniencia.
Julián comenzó a caminar de un lado a otro.
—Esto es absurdo. Clara, no escuches. Estás confundida. Acabas de parir, tienes fiebre.
—Cállate —dijo ella.
No lo gritó. Por eso sonó más fuerte.
Julián se detuvo.
Tomás sacó una hoja con sello notarial.
—Don Emilio dejó constituida la Fundación Robles y un fideicomiso familiar. Usted es la beneficiaria principal. El señor Aranda tuvo conocimiento de esto antes de la boda civil. Solicitó información por medio de un despacho asociado y, desde entonces, inició una serie de movimientos para obtener control indirecto del patrimonio.
Clara sintió náuseas.
—¿Antes de casarnos?
Tomás asintió.
—Tenemos correos, llamadas, solicitudes bancarias y dos testigos.
Rebeca miró a su hijo, pero no con horror. Con cálculo.
—Julián —dijo despacio—, dime que no dejaste rastro.
La verdad se reveló en esa frase.
Clara entendió que no estaba frente a una madre engañada, sino frente a una cómplice molesta por la torpeza.
—Usted lo sabía —dijo Clara.
Rebeca se acomodó el collar.
—Lo que yo sé es que mi hijo te sacó de la nada. Te dio apellido social, casa, ropa, médicos. Sin él, seguirías limpiando mesas en algún café.
Clara bajó la mirada hacia Inés. La niña abrió apenas la boca y volvió a dormirse, confiada, indefensa.
La rabia llegó limpia. No explosiva. Limpia.
—Yo limpiaba mesas para pagar mis estudios —dijo Clara—. No robaba a mujeres hospitalizadas.
Julián golpeó la mesa.
—¡Basta! Nadie te robó nada. Yo administré oportunidades que tú ni siquiera entendías.
—Falsificaste mi firma.
—Porque tú no estabas en condiciones de decidir.
—¿Durante dieciocho meses?
La pregunta lo dejó sin respuesta.
Tomás abrió otra carpeta.
—La transferencia más reciente fue realizada la madrugada del nacimiento de su hija. Mientras usted estaba en quirófano, el señor Aranda intentó mover una suma considerable a una cuenta en Panamá mediante una autorización supuestamente firmada por usted.
Clara sintió que le faltaba aire.
La madrugada del nacimiento de Inés.
Mientras una enfermera le apretaba la mano para que no se fuera, Julián estaba sentado quizá en una sala de espera, no rezando, no temblando, no preguntando si vivía, sino usando su nombre para vaciarla.
—¿Por eso querías sacarme del hospital? —preguntó Clara—. ¿Para que nadie revisara nada? ¿Para que yo apareciera sonriendo