golpe metálico de una cerradura abriéndose.
Julián giró hacia la entrada.
—¿Esperabas a alguien?
Rebeca frunció el ceño.
—Claro que no.
Por el ventanal, Clara vio descender del primer vehículo a un hombre mayor de traje gris. Tenía el cabello blanco, un bastón de madera oscura y una carpeta de cuero bajo el brazo. Dos abogados caminaban detrás de él. Una médica con bata azul los seguía con una maleta de emergencias. Cuatro hombres de traje negro se quedaron cerca de la entrada, observando la casa con atención profesional.
El hombre mayor no pidió permiso. Entró como quien vuelve a un lugar que ya había comprado en silencio.
—Buenas tardes —dijo.
Su voz llenó el vestíbulo sin necesidad de gritar.
Rebeca avanzó, ofendida.
—¿Quién autorizó esta entrada?
El anciano la ignoró. Sus ojos se posaron en Clara. Por un segundo, su rostro severo se quebró.
—Clara Emilia Robles —dijo—. Por fin llegamos a tiempo.
Clara sintió que el apellido le golpeaba el pecho. Robles era el apellido que aparecía en su acta de nacimiento, uno que casi nadie usaba. En el albergue siempre la llamaron Clara a secas. En la casa Aranda, Rebeca insistía en llamarla “la muchacha” cuando estaba enojada.
—¿Lo conozco? —preguntó Clara.
El hombre apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Me vio una vez. Usted tenía nueve años. Le llevé un libro de cuentos al hogar San Gabriel. Le pregunté si recordaba una casa con un patio azul.
Una imagen, borrosa pero viva, le cruzó la memoria: una bugambilia, una fuente pequeña, el olor del pan tostado, una mano tibia peinándole el cabello. Clara parpadeó. La fiebre, el dolor y el cansancio hicieron que el recuerdo pareciera un sueño.
Julián se interpuso.
—No sé quién es usted, pero está invadiendo mi propiedad.
El hombre lo miró por primera vez.
—Señor Aranda, esta propiedad aparece en garantía dentro de una operación financiera que usted realizó hace seis meses con documentos falsificados. Así que le sugiero que no hable demasiado rápido de lo que es suyo.
El silencio cayó sobre la casa como una sábana mojada.
Rebeca palideció, aunque intentó sostener la barbilla alta.
—Julián, ¿de qué está hablando este hombre?
Julián soltó una risa corta.
—De nada. De una confusión. Clara está enferma y estas personas seguramente se aprovecharon de eso.
La médica se acercó a Clara.
—Soy la doctora Valdivia. Necesito revisarla de inmediato. Usted no debía salir del hospital.
Julián alzó una mano.
—Nadie toca a mi esposa sin mi autorización.
Clara lo miró.
Durante años, esa frase le habría parecido protección. Esa tarde, con el dolor quemándole las costuras y la bebé respirando contra su pecho, le pareció una jaula.
—Yo autorizo —dijo.
La médica asintió y la guió hasta una silla del comedor. Clara se sentó apenas en el borde, temiendo que cualquier movimiento abriera la herida. La doctora le tomó la presión y miró el resultado con preocupación.
—Está muy baja. Tiene fiebre. Necesitamos trasladarla a una clínica, pero primero debo estabilizarla.
—No hay tiempo para teatro médico —dijo Rebeca—. En una hora llegan invitados.
El anciano dio un golpe seco con el bastón contra el suelo.
—Señora Aranda, una palabra más contra ella y mis abogados presentarán una denuncia adicional por maltrato y coerción.
Rebeca abrió la boca, pero no salió nada.