no es del seguro.
Mateo se inclinó hacia la pantalla.
En el borde inferior podían leerse tres términos: cesión, facultades, irrevocable.
Camila parpadeó, confundida.
—Julián me dijo que era para adelantar trámites del bebé.
Yo estaba mareada ese día.
Creo que tenía la presión alta.
No lo leí completo.
—¿Recuerdas cuándo fue? —preguntó el abogado.
—Dos semanas antes de que naciera Tomás.
Salvatierra dejó la tableta sobre la mesa.
—Alguien intentó hacerte firmar un poder o una cesión patrimonial.
Si después lo falsificaron o lo completaron con otro texto, eso ya es un delito distinto.
Pero lo importante es que esto empezó antes del parto.
Camila se quedó inmóvil.
Mateo entendió algo con una claridad feroz: Julián no había improvisado aquella crueldad.
La había planeado.
El abogado pidió la dirección exacta del departamento y el nombre completo de Irene.
Después hizo dos llamadas y envió tres mensajes.
Mientras esperaba respuesta, observó a Camila con cuidado.
—¿Julián tenía acceso a tus documentos viejos? —preguntó.
—A casi todos —respondió ella—.
Guardábamos papeles en el estudio.
—¿Incluyendo tus firmas antiguas?
Camila levantó la cabeza.
—Sí…
creo que sí.
Salvatierra respiró hondo.
—Eso explicaría algo.
Le mostró la firma visible en la fotografía.
Aun borrosa, tenía un trazo distinto al que Camila usaba ahora.
Más inclinado.
Más redondo.
—Esto se parece a una firma de hace varios años —dijo—.
No a la actual.
Camila llevó una mano a la boca.
—Mi mamá me obligaba a firmar con nombre completo cuando era más joven.
Mateo sintió un escalofrío.
Porque solo alguien que hubiera rebuscado entre sus archivos personales podía conocer ese modelo antiguo.
Y Julián había vivido con ella dos años.
El teléfono de Salvatierra vibró.
Miró la pantalla y maldijo en voz baja.
—Intentaron registrar una transferencia esta mañana a favor de una empresa llamada Grupo Armenta Patrimonial.
—¿Qué es eso? —preguntó Mateo.
—Una fachada.
Se constituyó hace tres meses.
La representante legal es hermana de Irene.
Camila palideció aún más.
No querían echarla por rabia.
Querían borrar su rastro.
—Nos vamos —dijo Salvatierra—.
Primero a un hotel para que descanses y el bebé esté seguro.
Luego, al Registro, al ministerio público y al edificio.
Mateo reservó una suite sencilla, pero cómoda, en un hotel del centro donde conocían su apellido y no hacían preguntas.
Una enfermera jubilada, amiga suya, acudió de inmediato a revisar a Camila y al recién nacido.
El niño estaba bien.
Camila, no tanto.
Tenía la presión baja, estaba débil, necesitaba reposo y alimentación.
—No puede ir corriendo detrás de nadie —ordenó la enfermera—.
Si no se cuida, va a terminar hospitalizada.
Camila cerró los ojos un instante.
Era evidente que el cuerpo por fin empezaba a cobrarle la violencia de esas horas.
Pero antes de dormir apenas cuarenta minutos, pidió que le acercaran su bolso.
Dentro encontró la pulsera del hospital, un peine, un labial roto y una libreta pequeña.
La hojeó como quien busca un hilo en la oscuridad.
Entonces se quedó quieta.
—Mi mamá —susurró.
Mateo alzó la vista desde el sillón.
—¿Qué pasa?
—Había una caja de seguridad.
Le contó que, poco antes de morir, su madre le había dejado una llave diminuta y le había dicho que la conservara lejos de todos.
Si alguna vez sentía que estaba sola o que no podía confiar en