helada.
El hombre de la sudadera verde retrocedió hacia la camioneta. El que fingía ir al baño miró hacia la carretera, calculando una salida que ya no existía. El de la gorra levantó las manos, fingiendo calma.
—No hace falta hacer drama. Solo estábamos platicando.
Inés sintió una rabia inesperada. No era valentía pura. Era cansancio. Era la voz de su papá diciéndole que no manejara de noche. Era el recuerdo de tantas mujeres entrando a urgencias con la mirada perdida, repitiendo que al principio solo parecía una plática.
—Yo no estaba platicando —dijo ella.
Todos la miraron.
La mujer motociclista se quedó cerca, firme, sin tocarla.
—Me bloquearon el coche —continuó Inés—. Me pidieron abrir la cajuela. Me preguntaron si venía sola.
El cajero salió de la tienda con el rostro pálido y el teléfono pegado a la oreja.
—Ya marqué —dijo, casi en un susurro.
El de la gorra le lanzó una mirada que lo hizo retroceder un paso.
Y entonces ocurrió lo que cambió todo.
El hombre de la sudadera verde, quizá por nervios, quizá por torpeza, metió la mano al bolsillo y se le cayó algo al piso.
Un gafete.
Cayó boca arriba junto a la llanta trasera del Nissan.
Inés vio la cinta azul primero. Luego la foto. Luego su propio nombre.
INÉS ALVARADO MORALES.
Hospital Santa Lucía.
Enfermería, turno vespertino.
Por un segundo, no entendió lo que estaba viendo.
Después el cuerpo entero se le enfrió.
Ese gafete se le había perdido tres días antes en el hospital. Lo buscó en lockers, pasillos, recepción. Pensó que se le había caído en el estacionamiento.
El motociclista viejo se agachó antes de que el hombre pudiera recogerlo. Lo tomó con dos dedos y lo mantuvo en alto, sin leerlo en voz alta.
—Creo que esto no es suyo.
El de la gorra dio un paso.
De inmediato, tres motociclistas se movieron apenas. No lo tocaron. No lo rodearon más. Solo dejaron claro que ese paso no continuaría.
—Devuélvelo —dijo el de la gorra.
—Cuando llegue la policía.
Inés miraba el gafete como si fuera un animal muerto.
—¿De dónde lo sacaron?
Nadie contestó.
—¿De dónde lo sacaron? —repitió, más fuerte.
El de la sudadera verde perdió el color de la cara. Miró al de la gorra, esperando una orden.
El motociclista viejo habló con una tranquilidad que daba miedo.
—Señora, ¿alguien del hospital sabía que usted viajaba hoy?
Inés abrió la boca para decir que no.
Pero sí.
Alguien lo sabía.
Su supervisora, Mónica Arriaga, le había cambiado el turno esa misma mañana.
—Vete a ver a tu papá —le dijo Mónica, entregándole un permiso firmado—. Yo te cubro hasta las once.
Inés le agradeció casi llorando. Mónica había sido amable, demasiado amable quizá. También le había preguntado por qué carretera regresaría y si seguía manejando el Nissan azul.
En ese momento, Inés pensó que era preocupación.
Ahora recordó otra cosa: Mónica había discutido con ella dos semanas antes por un reporte de medicamentos faltantes. Inés encontró inconsistencias en inventario y se negó a firmar una hoja atrasada. Mónica le dijo que no fuera ingenua, que todos ayudaban a todos.
Inés no firmó.
Desde entonces, alguien le cambiaba los casilleros, le escondía documentos, le dejaba notas sin firma: cuida lo que dices.
—Mi supervisora sabía —dijo