antes de activarse. Tomás tuvo que responder por el intento de suplantación y por el acoso posterior documentado en mensajes y visitas. No fue a prisión. Elena tampoco la quería. Quería distancia, registro y consecuencias suficientes para que él no pudiera volver a instalarse en la vida de otra mujer con la misma facilidad.
Meses después, una tarde de lluvia suave, Elena regresó sola al Mirador de Sal.
No fue un gesto teatral ni un intento de reescribir el pasado. Fue una prueba íntima. Quería saber si podía entrar sin encogerse.
Pidió una mesa distinta, lejos del ventanal. Llevaba un traje sencillo, el cabello recogido y una tranquilidad nueva en el cuerpo, todavía frágil pero real. El gerente la reconoció y la saludó con un respeto cálido, sin lástima. Le ofreció el postre de la casa. Ella aceptó.
Mientras esperaba, observó a las otras parejas del salón sin compararse con ninguna. Ya no necesitaba que una cena la confirmara. Ya no necesitaba ser escogida por alguien incapaz de sostener siquiera su propia vergüenza.
Sacó el teléfono y revisó un correo de la academia de fotografía donde acababan de aceptarla para un curso de fin de semana que había querido tomar durante años. Sonrió. Era una sonrisa pequeña, sin testigos, y por eso mismo más verdadera que todas las que había fingido al lado de Tomás.
Cuando llegó el postre, la vela del centro de la mesa era otra, pero el fuego era igual de pequeño.
Elena no le pidió a nadie que la mirara.
Simplemente sopló.
Y esta vez no se apagó nada importante.