lo apretó más.
—No lo iba a lastimar.
Esteban entró detrás.
—Te juro que si no sueltas a mi hijo…
—¿Tu hijo? —Patricia levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de una rabia vieja—. Qué fácil dices eso.
Camila se colocó entre ellos con las manos abiertas.
—Patricia, el bebé necesita revisión. Entrégueselo a su madre.
—Su madre —repitió Patricia, casi riéndose—. Claro.
Elena se quedó quieta.
—¿Qué estás diciendo?
Patricia miró a Esteban.
—Díselo.
La mandíbula de Esteban se tensó.
—No hay nada que decir.
—Hay una prueba de ADN guardada en tu oficina, Esteban. Hay transferencias. Hay llamadas. Hay una mujer enterrada en silencio porque tú pagaste para que nadie hiciera preguntas.
Elena sintió que el mundo se inclinaba.
—¿De qué habla?
Esteban dio un paso hacia Patricia.
—Cállate.
La palabra no sonó a defensa. Sonó a miedo.
Mateo lloró más fuerte. Elena extendió los brazos.
—Patricia, por favor. Lo que sea que tengas contra él, no lo hagas con mi bebé.
Patricia miró al niño. Sus facciones se ablandaron durante un instante.
—Yo no tengo nada contra Mateo.
—Entonces entrégamelo.
—Lo iban a usar para borrar a otro niño.
Camila frunció el ceño.
—Explíquese.
Patricia respiró entrecortadamente. Parecía una persona que había corrido durante años y acababa de estrellarse contra el final.
—Nicolás Herrera no llegó aquí por casualidad. Su mamá trabajaba en una de las obras de Esteban. Se llamaba Marisol. Murió hace tres meses después de caerse de un andamio sin arnés. La empresa dijo que había sido negligencia de ella. Mentira. Yo vi los reportes. Yo vi las órdenes de ahorrar en seguridad.
Esteban palideció.
—Eso no tiene nada que ver con Mateo.
—Tiene todo que ver —dijo Patricia—. Marisol dejó un bebé. Nicolás. Y dejó una carpeta con pruebas. Ayer, la tía del niño intentó demandarte. Hoy, Nicolás entró a urgencias con una crisis respiratoria. Alguien del hospital me avisó que tu abogado estaba buscando cómo desacreditar a la familia Herrera usando una supuesta negligencia médica.
Camila sintió un golpe de frío.
—¿Alguien del hospital?
Patricia no contestó de inmediato.
Raúl miró hacia el pasillo, nervioso.
Elena vio ese gesto.
—¿Quién?
Inés, que se había quedado junto a la puerta, habló en voz baja.
—El señor Raúl estaba con ella.
Todos miraron al enfermero.
Raúl levantó las manos.
—No, no, yo no sabía que iba a cambiar a los bebés. Solo me pidieron que dejara pasar a Patricia. Me dijeron que era asunto de dirección.
Camila avanzó hacia él.
—¿Quién te lo dijo?
Raúl tragó saliva.
—El licenciado Rivas.
El abogado de Esteban.
Elena cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no estaba mirando a Patricia. Estaba mirando a su esposo.
—¿Tú sabías?
—Elena, escúchame.
—No. Respóndeme.
Esteban se pasó una mano por la cara. El hombre que siempre tenía una explicación preparada, una salida elegante, un argumento impecable, se quedó sin palabras en un cuarto de limpieza.
—Rivas maneja muchas cosas sin consultarme.
—¿La muerte de una mujer también?
—Yo no ordené eso.
—Pero lo tapaste.
Esteban no respondió.
Esa fue la respuesta.
Elena sintió que algo se quebraba, pero no se permitió caer. Su hijo seguía en brazos de Patricia. Nicolás seguía en urgencias peleando por vivir. Y en medio de todo, la verdad comenzaba a sangrar por las