y el eco de los zapatos contra el piso.
—¿Por qué estabas en urgencias? —preguntó Camila sin dejar de caminar.
Inés no volteó.
—Mi abuela limpia el turno de la tarde. Yo la espero en la capilla cuando no hay escuela.
—Esta zona está restringida.
—Sí.
La respuesta fue tan simple que Camila no insistió.
Esteban sí.
—¿Y por qué te metiste?
Inés se detuvo un segundo, como si la pregunta le pesara.
—Porque escuché la alarma. Y porque esa campanita sonó.
Elena miró el objeto plateado en su mano.
—¿Qué campanita es esa?
Inés abrió el puño. La campana estaba vieja, con una abolladura en un lado y una cinta azul deshilachada.
—Era de mi hermano.
Nadie preguntó más, pero el rostro de Camila cambió. Como médica, reconocía ciertas formas de silencio. No todos los duelos hacían ruido.
Llegaron a una esquina donde el pasillo se dividía. A la derecha estaban lavandería y almacén. A la izquierda, una puerta con un letrero que decía Residuos, seguida por la salida al estacionamiento trasero.
En el piso, junto a un carrito de ropa sucia, había un calcetín diminuto.
Blanco.
Con una nube azul bordada.
Elena soltó un grito corto, animal.
—Es de Mateo.
Se agachó y lo tomó con las manos temblorosas. Lo sostuvo contra su cara, como si el olor de su hijo pudiera decirle hacia dónde correr.
Esteban golpeó la pared con el puño.
—¡Mateo!
El grito rebotó en el pasillo.
Entonces oyeron un llanto.
Débil.
Ahogado.
No venía del estacionamiento. Venía de la puerta cerrada junto al cuarto de residuos.
Elena corrió hacia ella.
—¡Mateo! ¡Mi amor, mamá está aquí!
Camila tomó la manija.
Cerrada.
Raúl llegó jadeando con un guardia de seguridad.
—Llave maestra —ordenó Camila.
El guardia buscó en su llavero, pero antes de introducir la llave, una voz de mujer habló desde adentro.
—No abran.
Esteban se quedó inmóvil.
Esa voz.
La conocía.
Elena también.
—¿Patricia? —dijo Elena, con incredulidad.
Del otro lado hubo un sollozo.
Patricia Luján era la asistente personal de Esteban desde hacía ocho años. Había organizado su boda civil cuando Elena estaba embarazada. Había comprado flores para el cuarto de Mateo. Había estado esa misma mañana en el hospital llevando documentos del seguro y café para Esteban.
Camila miró a Esteban.
—¿La conoce?
Él no respondió. Tenía el rostro duro, pero sus ojos lo traicionaban.
—Patricia —dijo Elena, acercándose a la puerta—. Abre. Dame a mi hijo.
—No puedo —contestó ella.
—Sí puedes. Está llorando.
—Por eso no puedo.
Elena golpeó la puerta con la palma abierta.
—¡Abre!
El guardia metió la llave. Patricia gritó desde adentro.
—¡Si entran, todos van a saber lo que hicieron!
La frase cayó como un cuchillo.
Esteban retrocedió medio paso.
Elena volteó hacia él.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé.
Pero lo dijo demasiado rápido.
Camila lo notó. Inés también.
La llave giró. El guardia empujó la puerta.
Dentro no había residuos. Era un cuarto estrecho, usado para guardar material viejo: cajas, soportes metálicos, un mueble oxidado y rollos de plástico. En el centro, sentada en el piso, estaba Patricia. Tenía el saco azul arrugado, el cabello pegado a la frente y a Mateo envuelto contra su pecho.
El bebé lloraba con los ojos cerrados, rojo, vivo, furioso.
Elena se lanzó hacia él.
—Dámelo.
Patricia