vino después del funeral. Pero el tío Esteban estaba afuera. Cuando ella se fue, él me dijo que si volvía a decirlo, papá moriría más rápido. Dijo que nadie le creería a una niña que estaba asustada.
Ramiro golpeó la mesa con las esposas.
— ¡Maldito!
Sandoval se acercó, pero Méndez lo detuvo con un gesto.
— Déjela terminar.
Salomé respiró hondo.
— Esa noche escuché a mamá gritar. Después hubo un golpe. Después otro. Yo me tapé la boca para no hacer ruido. Cuando miré desde abajo de la cama, vi los zapatos del tío Esteban. Eran negros, con una raya plateada a un lado. Siempre los usaba cuando quería verse elegante.
Morales miró al coronel.
— En el expediente no se menciona eso.
— Lo sé —dijo Méndez.
— Luego él se agachó —continuó la niña—. Me vio debajo de la cama. Tenía sangre en la mano. Me dijo que papá había hecho algo malo y que yo debía olvidarlo todo. Me dijo que, si hablaba, me iba a quedar sin nadie.
Ramiro sollozó.
— Mi amor… todos estos años…
— Yo quería decirte —dijo Salomé—. Pero no me dejaban verte. Y cuando me dejaban escribir cartas, la señora de la casa decía que era mejor no hablar del pasado.
Clara palideció.
— ¿Qué señora?
— La amiga del tío Esteban. La que me cuidó antes de que me llevaran al hogar.
Méndez entendió que aquello no era solo el relato tardío de una niña. Era una red. Una red de silencio, miedo y conveniencia.
Pero una acusación no detenía una ejecución.
Necesitaban algo más.
— Salomé —dijo el coronel, bajando la voz—. Lo que estás diciendo es muy grave. ¿Tienes alguna prueba?
La niña asintió.
— Sí.
Ramiro levantó la mirada.
— ¿Qué prueba?
Salomé buscó dentro del bolsillo de su abrigo. Clara dio un paso hacia ella, sorprendida, porque no sabía que llevaba nada allí. La niña sacó una pequeña memoria envuelta en un pañuelo rosa.
— Mamá grababa las discusiones.
Méndez frunció el ceño.
— ¿Cómo sabes eso?
— Porque ella me dijo una vez que los adultos a veces mentían, pero las máquinas no. Tenía una cámara escondida en la sala, dentro de un adorno. Después del crimen, muchas cosas se guardaron en cajas. Hace dos semanas, en el hogar, me dieron una caja con juguetes viejos de la casa. Encontré el adorno roto. Dentro estaba esto.
La trabajadora social se acercó lentamente.
— Salomé, ¿por qué no me lo diste?
— Porque no sabía qué era. Se lo mostré a mi maestra. Ella lo puso en una computadora. Me preguntó de dónde lo había sacado. Cuando vio el video, empezó a llorar.
Méndez se volvió hacia Morales.
— Consiga una computadora. Ahora.
— Señor, la ejecución está programada para las cuatro.
— Entonces corra más rápido.
Los minutos siguientes fueron confusos y tensos. Morales salió casi corriendo. Sandoval permaneció junto a la puerta, ya sin la expresión burlona de antes. Clara abrazó a Salomé, pero la niña no soltó la mano de Ramiro.
Méndez llamó al juez de ejecución.
La conversación fue breve y dura.
— Tengo una menor declarando como testigo directo y una posible prueba audiovisual no valorada en juicio —dijo el coronel.
Del otro lado, alguien respondió con irritación.
Méndez