miedo común de la culpa verdadera. No siempre acertaba, pero sus años le habían dado una intuición amarga.
Y Ramiro Fuentes siempre le había parecido una grieta en un expediente demasiado ordenado.
El coronel abrió la carpeta una vez más. Fotografías. Declaraciones. Reportes forenses. Testimonios. Una condena firme. Recursos rechazados. Fecha de ejecución confirmada.
Todo estaba allí.
Y aun así, algo no cerraba.
Méndez recordó la primera vez que vio a Ramiro ingresar al penal. No insultó a nadie. No pidió privilegios. No gritó amenazas. Solo preguntó si podía escribirle una carta a su hija. Después, durante años, cada vez que había un registro o una entrevista, Ramiro decía lo mismo con la misma mirada devastada:
— Yo amaba a mi esposa. Yo no la maté.
El coronel cerró la carpeta.
— Traigan a la niña —ordenó.
El secretario levantó los ojos, sorprendido.
— Señor, el protocolo no recomienda visitas emocionales el día de la ejecución.
— No pregunté qué recomienda el protocolo.
— La menor está bajo seguimiento social. Hay que llamar a la trabajadora responsable.
— Llámela.
Tres horas más tarde, una camioneta blanca se detuvo frente al penal.
La mañana estaba fría. Una neblina baja cubría el patio exterior, y las torres de vigilancia parecían sombras clavadas contra el cielo gris. De la camioneta bajó primero una trabajadora social llamada Clara Rivas. Luego abrió la puerta trasera y extendió la mano hacia una niña pequeña.
Salomé Fuentes bajó sin ayuda.
Tenía el cabello rubio recogido en una trenza mal hecha, un abrigo azul que le quedaba un poco grande y unos ojos claros demasiado serios. No miró el edificio con miedo. No preguntó si su padre estaba triste. No lloró.
Solo dijo:
— ¿Ya puedo verlo?
Clara le apretó la mano.
— Sí, cariño. Pero recuerda lo que hablamos. Será poco tiempo.
Salomé asintió, aunque en su rostro no había resignación. Había algo más. Algo firme. Algo que Clara no supo interpretar.
Cuando entraron al penal, los internos que alcanzaron a verla desde las rejas guardaron silencio. Algunos se apartaron. Otros inclinaron la cabeza. Nadie sabía quién era al principio, pero todos entendieron que aquella niña no caminaba como visitante.
Caminaba como testigo.
En la sala de visitas, Ramiro esperaba esposado a una mesa metálica. Le habían permitido lavarse la cara, pero no afeitarse. Su uniforme naranja estaba gastado en los codos. Tenía los ojos rojos, no por falta de sueño, sino por años enteros de cansancio acumulado.
Cuando la puerta se abrió y vio a Salomé, dejó de respirar.
— Mi niña…
La palabra salió de él rota, como si hubiera estado guardada en un lugar demasiado profundo.
Salomé soltó la mano de Clara y caminó hacia la mesa. No corrió. No gritó. No se lanzó a sus brazos como una niña que solo quiere consuelo. Caminó despacio, mirando a su padre como si necesitara memorizar cada detalle de su rostro.
Ramiro quiso levantarse, pero las esposas se lo impidieron.
— Perdóname —dijo él apenas ella estuvo cerca—. Perdóname por no estar contigo. Perdóname por no poder protegerte.
Salomé rodeó la mesa y lo abrazó por el cuello.
Durante un minuto, nadie habló.
Ni Méndez, que observaba desde el vidrio lateral.
Ni los guardias.
Ni Clara.
Ramiro hundió el rostro en el cabello de su hija