reja lateral que no estaba cerrada del todo.
Inés sintió un golpe de miedo en el pecho.
La prudencia le dijo que regresara, que llamara a alguien, que no se metiera sola en un lugar abandonado. Pero entonces escuchó una voz infantil desde adentro.
“¿Lía?”
Lía.
Por fin tenía un nombre.
Inés empujó la reja apenas lo suficiente para entrar. El metal rechinó, y ella se quedó quieta, conteniendo la respiración. La niña no pareció oírla. Había bajado unas escaleras estrechas al costado de lo que antes había sido la sala de espera.
Abajo, una luz mínima temblaba.
Inés se acercó al borde de las escaleras.
Lo que vio le cerró la garganta.
En el sótano de la estación, entre columnas manchadas de humedad, había un cuarto improvisado con cartones, cobijas viejas y una lona azul colgada como pared. Una vela alumbraba una mesa hecha con cajas de refresco. Sobre el piso había mochilas abiertas, una olla sin tapa, una botella de agua casi vacía y zapatos pequeños alineados junto a la pared.
Y niños.
Cinco niños, quizá seis, si contaba al bebé dormido en brazos de una joven que no tendría más de veinte años.
Cuando Lía entró, todos levantaron la cabeza.
“¿Trajiste algo?”, preguntó un niño de cabello rizado.
Lía no respondió de inmediato. Cerró la reja improvisada detrás de ella, miró hacia las escaleras como si tuviera miedo de haber sido seguida, y solo entonces se arrodilló junto a la vela. Abrió la bolsa con un cuidado casi ceremonial.
El olor del pan llenó aquel espacio frío.
Los niños se acercaron sin empujarse. Eso le dolió a Inés: no se peleaban, no arrebataban, no gritaban. Tenían una disciplina aprendida en la falta. Lía partió las piezas con sus manos mojadas y repartió primero al más pequeño, luego a la joven del bebé, luego a los demás.
“Despacio”, dijo. “No se lo coman tan rápido, porque les duele la panza.”
Un niño de ojos grandes, quizá de siete años, miró el pedazo que le tocó y luego miró a Lía.
“¿Y tú?”
Lía sonrió.
Era una sonrisa diminuta, entrenada para tranquilizar a otros.
“Yo ya comí con la señora de la tienda.”
Inés cerró los dedos sobre el mango del paraguas.
La mentira fue suave, casi bonita, pero mentira al fin. Lía no tenía comida en el estómago. Se le notaba en las manos temblorosas, en la forma en que tragaba saliva cuando los demás mordían el pan, en esa mirada fija que evitaba el alimento para no delatar el hambre.
Inés bajó un escalón.
La madera crujió.
Todos voltearon.
Lía se levantó de golpe y se puso delante de los niños. El pan que quedaba quedó detrás de su espalda, protegido por su cuerpo pequeño.
“No robé nada”, dijo, antes de que Inés pudiera hablar. “Usted me lo dio.”
Inés sintió vergüenza de que aquella fuera la primera defensa que la niña creyera necesaria.
“Lo sé”, respondió. Su voz salió más baja de lo que esperaba. “No vine a quitarles nada.”
La joven del bebé apretó al pequeño contra su pecho. Tenía la piel pálida, los labios partidos y una cicatriz fina junto a la ceja. Los otros niños se escondieron detrás de Lía, pero sin soltar sus pedazos de pan.
“Entonces váyase”, dijo Lía.
No sonó