aflojó. El silencio ya no se sentía como una regla. Abril se quitó los zapatos junto al sofá, dejó el conejo sobre el respaldo y por primera vez caminó sin mirar hacia atrás cada cinco segundos.
Le preparé quesadillas con jamón y pepino con limón. Cenó despacio, pero cenó bien. Después le propuse ver una película. Eligió una de animales parlantes y se sentó en el extremo opuesto del sofá, con las rodillas pegadas al pecho.
A la mitad de la película vi una lágrima caerle por la mejilla.
“¿Te duele algo?”, pregunté bajando el volumen.
Negó.
“Entonces, ¿por qué lloras?”
Tardó mucho en hablar.
“Mamá dice que tú también te vas a ir”.
La frase me descolocó.
“¿Por qué habría de irme?”
“Porque cuando veas lo que yo hago, te vas a cansar”.
No era una niña improvisando. Era una niña recitando una sentencia. Algo en mi pecho se acomodó mal.
“Yo no me canso así de la gente”, le dije.
Me miró con los ojos enrojecidos.
“Todos sí”.
“Yo no”.
No sé si me creyó, pero dejó de llorar. No porque se tranquilizara de verdad, sino porque había llegado al límite de lo que podía permitirse sentir.
Esa madrugada me despertó un sonido muy bajo, un sollozo casi animal. Salí al pasillo y vi una luz encendida debajo de la puerta de Abril. Entré despacio.
Ella estaba sentada en la cama, abrazando el conejo con tanta fuerza que le hundía los dedos en la tela.
“¿Te sentiste mal?”
“No”.
“¿Tuviste una pesadilla?”
Negó.
Me senté en la orilla de la cama, dejando distancia.
“¿Quieres que te traiga agua?”
No respondió.
Entonces murmuré lo único que se me ocurrió:
“Puedes decirme si alguien te asustó”.
Fue ahí cuando sus hombros se tensaron como si hubiera dicho la palabra exacta.
“Si digo algo, vuelve el humo”, susurró.
Tardé en procesarlo.
“¿Qué humo?”
Abril cerró los ojos, enterró la cara en el conejo y ya no habló.
Al día siguiente regresó Laura. Llegó dos horas antes de lo previsto. Entró con una bolsa de regalos, un traje sastre color marfil y una sonrisa fresca, como si los viajes no la cansaran jamás. Abrazó a Abril, me besó en la mejilla y preguntó cómo había ido todo.
“Bien”, respondí.
En la cena cortó un filete con elegancia y dijo, sin alzar la vista:
“¿Abril no hizo escándalos?”
La niña negó de inmediato.
“No, mami”.
Esa rapidez me molestó más que si hubiera llorado.
A la mañana siguiente estaba ayudando a Abril a ponerse el suéter del uniforme. El aire acondicionado había amanecido muy frío y ella parecía adormilada. Al levantarle la manga derecha para acomodarla, se echó hacia atrás con una expresión de terror puro.
“Perdón”, dije.
Pero ya lo había visto.
Cuatro marcas ovaladas moradas en la parte alta del brazo. Del otro lado, una marca mayor, redondeada, hundida en un tono verdoso amarillento: la presión del pulgar. Era una huella tan clara que sentí el mismo golpe seco que cuando una placa revela exactamente lo que uno temía.
No era accidental.
No era de juego.
No era reciente de unas horas, pero tampoco vieja.
“¿Quién te hizo esto?”
Abril se quedó inmóvil.
Miró la puerta del cuarto, luego el pasillo vacío, y después volvió a mirarme con una decisión desesperada