No dijo nada más.
Laura apareció detrás de ella y le rozó el hombro.
“Ya ves, amor. Te dije que Julián es distinto”.
En ese momento no me molestó la frase. Después entendí que no era una presentación. Era una puesta en escena.
Las primeras dos semanas de convivencia fueron extrañas, pero no alarmantes. Laura era afectuosa conmigo, impecable con sus horarios, atenta con la casa, controladora con pequeños detalles que entonces me parecieron simples manías: los vasos debían ir en cierto orden, las almohadas debían quedar rectas, las puertas de los clósets debían cerrarse por completo, sin un centímetro de error. Si Abril olvidaba un crayón fuera de su caja o dejaba mal acomodados los zapatos del uniforme, Laura no gritaba; bastaba con una mirada. La niña se apresuraba a corregirlo todo con los dedos temblorosos.
“Es muy sensible”, me decía Laura en voz baja. “Con ella hay que ser firme”.
Yo asentía.
Porque todavía no había visto nada.
Lo que sí vi, una y otra vez, fue que Abril lloraba cuando se quedaba sola conmigo. Pasaba en momentos pequeños. Cuando Laura salía a contestar una llamada. Cuando iba a la cochera por algo. Cuando subía a cambiarse. Abril empezaba a respirar raro, como si se estuviera preparando para un golpe que nunca llegaba, y al cabo de unos segundos se le llenaban los ojos.
“¿Qué pasa?”, le preguntaba yo.
Ella negaba con la cabeza.
“¿Te hice sentir mal?”
Negaba otra vez.
Laura siempre volvía justo entonces y soltaba una risa ligera.
“Perdón. Le cuesta aceptar a la gente. No te lo tomes personal”.
Hubo una escena que hoy recuerdo como la primera grieta seria.
Estábamos cenando enchiladas suizas un martes. Laura me contaba de una propiedad en preventa y yo la escuchaba mientras Abril picaba la tortilla sin hambre. En un momento dije que el sábado tal vez podríamos llevarla al parque Fundidora.
Abril levantó la cara. Fue la primera vez que la vi realmente interesada en algo.
“¿A la pista de agua?”, preguntó.
Antes de que yo respondiera, Laura intervino.
“Eso depende de que te portes bien toda la semana”.
La niña bajó la vista de inmediato.
No era lo que dijo. Era la forma. Su tono no fue maternal ni juguetón. Fue administrativo. Como si anunciara una sanción.
“Solo era una idea”, dije, intentando aligerar el ambiente.
Laura me sonrió, pero no a mí. Era una sonrisa dirigida a la situación.
“Julián todavía no conoce tu carácter, ¿verdad, princesa?”
Abril se puso tiesa.
Quise preguntarle a qué se refería, pero no lo hice. Elegí la paz del momento por encima de la incomodidad de averiguar.
Todavía me avergüenza.
Dos semanas después, Laura viajó a Guadalajara por una convención. Saldría el jueves temprano y volvería el viernes por la noche. Recuerdo su perfume en la entrada, el sonido de sus tacones bajando los escalones y el beso preciso que me dio antes de irse.
“Con Abril solo hay que seguir la rutina”, dijo. “Cena a las siete, baño a las ocho, cama a las ocho y media. Si hace berrinche, no le sigas el juego”.
“Lo tengo”, respondí.
Se inclinó hacia la niña.
“Pórtate bien con Julián”.
Abril asintió sin hablar.
Cuando la puerta se cerró, la casa cambió. No sé cómo explicarlo mejor. El aire se