ella no volvió a mirar a Diego.
Miró a Mariana.
—Esto no termina aquí.
Mariana sostuvo su mirada.
—Para mí empezó cuando mi hija gritó mamá.
Después se llevaron a Esteban.
Él no amenazó.
No gritó.
Solo mantuvo la espalda recta, como si todavía creyera que su apellido podía abrir cualquier puerta.
Pero la puerta de la hacienda se cerró detrás de él.
Y por primera vez en dos años, Mariana sintió que el aire no le pedía permiso al miedo para entrar en sus pulmones.
Más tarde, cuando el salón quedó vacío, Diego encontró a Mariana en el corredor de los retratos.
Sofía dormía en sus brazos, agotada por el llanto, con una mano cerrada sobre el cuello del uniforme gris.
Diego se detuvo a unos pasos.
—No sé cómo pedir perdón por algo tan grande.
Mariana acarició el cabello de la niña.
—No empieces pidiendo.
Empieza escuchando.
Él asintió.
No intentó tocarla.
No intentó justificar nada.
Se quedó allí, con los hombros caídos, como un hombre que por fin entendía que el dolor no lo absolvía de sus errores.
—Te busqué —dijo—.
Al principio, de verdad te busqué.
Pero todos me decían que estaba perdiendo la razón.
Que aceptar tu muerte era la única manera de salvar a Sofía.
Y yo… yo estaba tan destruido que dejé que otros decidieran por mí.
Mariana cerró los ojos.
Quería odiarlo por eso.
Una parte de ella lo odiaba.
Pero otra parte recordaba que a ambos les habían robado cosas distintas: a ella, la memoria y la maternidad; a él, la verdad y la posibilidad de luchar.
—Mañana hablaremos con abogados —dijo ella—.
Con médicos.
Con quien haga falta.
Pero esta noche Sofía no duerme lejos de mí.
Diego asintió de inmediato.
—No te lo voy a pedir.
La respuesta la sorprendió.
Había esperado resistencia, miedo, control.
Pero Diego solo abrió la puerta de la habitación infantil.
El cuarto seguía casi igual y, al mismo tiempo, no.
Había juguetes nuevos, libros nuevos, una cama más grande.
Pero en la repisa junto a la ventana todavía estaba el conejo de tela que Mariana había cosido durante su embarazo, con una oreja ligeramente torcida.
Lo tomó con una mano y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Pensé que lo habían tirado.
—Sofía no dejó que nadie lo tocara —dijo Diego—.
Decía que olía a ti.
Mariana acostó a la niña.
Sofía despertó un poco y abrió los ojos.
—¿Sigues aquí?
—Sí, mi amor.
—¿Mañana también?
Mariana se inclinó y besó su frente.
—Mañana también.
Y pasado.
Y todos los días que nos robaron, los vamos a ir recuperando despacito.
Sofía pareció pensar en eso.
Luego soltó el cuello del uniforme y se quedó dormida con una paz frágil, como si su cuerpo todavía no supiera confiar del todo en la felicidad.
Diego permaneció en la puerta.
—Valeria…
Mariana lo miró.
—Me llamo Valeria —dijo al fin—.
Pero Mariana también me salvó.
No sé todavía cómo juntar a esas dos mujeres.
—No tienes que hacerlo hoy.
Ella observó el cuarto, la cama, el conejo, la hija que respiraba tranquila.
Afuera, la lluvia comenzó a tocar los vidrios.
La misma lluvia que antes le devolvía pesadillas ahora sonaba distinta, más lejana.
—Hoy solo necesito que nadie vuelva a decidir por mí.
Diego bajó la